Samuel Beckett, la soledad, el tiempo…

En el teatro de Beckett suelen pasar muchas cosas a los personajes o por los personajes, y apenas se habla en el escenario; diría que nos deja las palabras a nosotros, mientras asistimos unas veces estupefactos y otras compadecidos (bueno, eso es lo que me suele pasar a mí) al espectáculo de unos gestos, miradas, pausas… minuciosamente pensados y descritos.

A mí me gusta leer, no sólo ver representadas, las obras de teatro, y las de Beckett son para esto algo especial: el tiempo de su lectura y el de su acción (si la imaginas representada) corren con frecuencia con medidas distintas. A diferencia del teatro más habitual, en el que la mayor parte del texto lo ocupa lo que dicen los personajes, en el de Beckett la lectura te lleva por otras dimensiones y a todos los detalles; es un guión preciso, una partitura.

El comienzo de Happy Days, estrenada en Nueva York en 1961, es buen ejemplo de esto. Tras dedicar una página a describirnos el escenario, el tipo de luz, la posición y disposición de Winnie, su protagonista, los objetos que la rodean y hasta lo que está pero no se ve, empieza la acción…

«Pausa larga. Timbrazo agudo, unos diez segundos, se para. Winnie no se mueve. Pausa. Timbrazo más agudo, unos cinco segundos. Winnie se despierta. El timbre se para. Levanta la cabeza, mira fijamente al frente. Pausa larga. Se estira, apoya las manos abiertas en el suelo, vuelve la cabeza hacia atrás y mira fijamente al cenit. Pausa larga.

Winnie (mirando fijamente al cenit):  Otro día divino.  (Pausa. Vuelve a girar la cabeza, mira al frente, pausa. Enlaza las manos sobre el pecho, cierra los ojos. Plegaria silenciosa moviendo los labios, diez segundos. Labios inmóviles. Las manos permanecen enlazadas. Bajo).  Por Cristo Nuestro Señor Amen.  (Abre los ojos, desenlaza las manos y las apoya de nuevo en el suelo. Pausa. Enlaza de nuevo las manos sobre el pecho, cierra los ojos. Los labios se mueven en una última plegaria silenciosa, unos cinco segundos. Bajo).  Siglos de los siglos Amén.  (Abre los ojos, desenlaza las manos, las vuelve a apoyar en el suelo. Pausa).  Comienza Winnie  (Pausa).  Comienza tu día, Winnie.  (Pausa. Se vuelve hacia la bolsa, revuelve dentro de ella sin cambiarla de sitio, saca un cepillo de dientes, revuelve de nuevo, saca un tubo gastado de pasta de dientes, se vuelve al frente, desenrosca la tapa del tubo, deja la tapa en el suelo, saca con dificultad un poco de pasta, que pone sobre el cepillo, sujeta el tubo con una mano y se cepilla los dientes con la otra. Se vuelve púdicamente a la derecha y hacia atrás, para escupir detrás del montículo. En esta posición observa a Willie. Escupe. Se estira más hacia atrás y se inclina. Alto).  ¡Chis, chis!  (Pausa. Más alto).  ¡Chis, chis!  (Pausa. Dulce sonrisa mientras se vuelve al frente, deja el cepillo en el suelo).  Pobre Willie  –(examina el tubo, deja de sonreir)–  acabándose  –(busca la tapa)–  en fin  –(encuentra la tapa)–  no tiene remedio  –(tapa el tubo)– …»

Cuando planeamos José Sanchis Sinisterra y yo una segunda colaboración, una segunda ópera-melólogo, años después de estrenar la primera, Próspero: Scena, pensamos en que fuera de nuevo una fantasía sobre un personaje de Shakespeare. Se trataba de armar un díptico, por sugerencia de José Ramón Encinar, para una futura producción del proyecto ORCAM XXI. Si en aquélla la fantasía (o el delirio, como acabamos definiéndolas) fue sobre el protagonista de La Tempestad, en esta iba a ser sobre Julieta; una Julieta que habría sobrevivido a su intento de suicidio sin que nadie más lo sepa y treinta años después (ahí comenzaba nuestra pieza) seguiría en la cripta de los Capuleto, sin esperanza ya de ser descubierta o rescatada.

Eso era lo que yo quería para mi composición: un ser aislado, con la sensación del paso del tiempo distinta por completo de la de cualquiera de nosotros, casi a oscuras y, por tanto, con el recuerdo y la escucha como únicos recursos para relacionarse con el mundo y no enloquecer del todo. Eso fue lo que me dio Sanchis Sinisterra, y añadió además un segundo rizo a la fantasía: nuestra Julieta iba a ser también, en cierto modo, la Winnie de Happy Days, tan sola como ella, preguntándose si lo que oye suena dentro o fuera de su cabeza, tan desesperanzada y al mismo tiempo tan luchadora para seguir adelante que no nos deja indiferentes…

«[Winnie:] …No puedo hacer nada más.  (Pausa.)  Decir nada más.  (Pausa.)  Pero tengo que decir más.  (Pausa.)  He aquí el problema.  (Pausa.)  No, algo tiene que moverse en el mundo, yo no puedo más.  (Pausa.)  Un céfiro.  (Pausa.)  Un suspiro.  (Pausa.)…»

Y ambas teminan musitando una canción y defendiendo su rutina, durmiendo su desesperanza… Beckett concluye así su partitura:

«… Pausa. Trata de tararear el principio de una canción, luego canta suavemente la melodía de la cajita de música. […]
Pausa. Fin de la expresión feliz. Cierra los ojos. El timbre suena estridentemente. Abre los ojos. Sonríe mirando fijamente al frente. Mira sonriendo a Willie, que está todavía a gatas, mirándola. Fin de la sonrisa. Se miran. Pausa larga.»

Telón.

[S. Beckett: Happy Days. Nueva York, Grove Press, 1961. Traducción de Antonia Rodríguez Gago: Los días felices. Madrid, Cátedra, 1989; 5ª ed. revis. 2006]

[Ilustración: A. Aracil, Julieta en la cripta (2009), partitura. Valencia, Ed. Piles, 2009, pp. 6-7]

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