El tiempo ya no es lo que era

«El tiempo (con minúscula) sigue siendo el continente y, en buena parte, contenido de nuestras composiciones, pero el otro Tiempo (el Tiempo: Historia) ha cambiado; ha dejado para muchos de ser inexorable. No estoy refiriéndome al “fin de la Historia” como proceso dialéctico, tal como Hegel y Marx imaginaron que algún día sucedería o tal como, en el polo opuesto, Fukuyama recientemente ha proclamado. Me refiero a que nuestra Historia, la Historia de la Música, parece jugar ahora en nuestras composiciones un papel menos dramático e intransitable, menos irrevocable, que hace sólo unos años. Esto es, en mi opinión, causa y consecuencia de muchos de los cambios en la estética más reciente…».

Así empezaba un artículo que publiqué en diciembre de 1992 en la revista Musica/Realtà, empeño generoso e inteligente de mi amigo y admirado Luigi Pestalozza. Era reelaboración de algunos análisis personales ya vertidos en dos ponencias precedentes, Los paraísos perdidos (en los Cursos de Verano de El Escorial, 1990) y El texto y la música como escenarios (IV Encontre de Compositors, Valencia, 1991), y en el artículo “El reflejo de Eco”, en la miscelánea Música en Madrid (AA.VV., ed. a.c. de J.R. Encinar, Madrid, 1992).

El texto luego transitaba por mi idea de que la mejor explicación y descripción de lo que acontecía en la música más nueva, y el arte en general, de las dos décadas precedentes era la de una nueva melancolía como tercera vía, huérfana de reglas y llena de riesgos, al margen de las tardo-vanguardias de unos (con sus cómodas convenciones sobre lo lícito y lo ilícito y los academicismos de sus epígonos) y de la actitud nostálgica de otros, añorantes de un paraíso perdido.

Más adelante me refería al uso desinhibido de citas y evocaciones en algunas obras de mi catálogo (Fernández de Madrid o Boccherini en Cántico; el serialismo o la aleatoriedad en la Sonata ‘Los Reflejos’) y desembocaba en la recuperación que se estaba haciendo de ciertos géneros y convenciones…

«…No sólo a través de evocaciones y de citas  –escribía–  podemos rastrear la presencia tranquila de la Historia en la creación artística reciente: lo encontramos también en […] la vuelta, por ejemplo, a la especificidad de las distintas disciplinas artísticas (a la “pintura pintura”, a la “escultura escultura”, a la música “de concierto”) como algo vivo y capaz de seguir ofreciendo alternativas y novedades, al lado de las “artes intermedias” (Happening, Poesía visual, Environments, Body-Art) surgidas en plena exploración de los límites del arte durante las décadas anteriores…»

Pasaba a continuación a analizar el fenómeno de la resurrección, en los años precedentes, de la ópera como género capaz de acoger la inventiva y la creación del momento…

«…Frente a la voluntad de ‘desnudez’ de las más refinadas estructuras musicales de los años cincuenta, muchos de los más jóvenes y de los más inquietos han vuelto a perder el miedo a la ‘retórica’, el concepto de ‘construcción’ parece supeditarse ahora con frecuencia al de ‘expresión’ y a las ideas de ‘azar puro’ u ‘objetividad’ parecen ganar ahora la batalla las de ‘capricho’ o ‘pasión’.

¿Y no son precisamente la retórica, la expresión, la pasión o el capricho elementos clave sobre los que se ha venido desenvolviendo la ópera, desde Monteverdi hasta Luciano Berio o desde Gluck a Hans Werner Henze?…». Me estaba refiriendo a la ópera como género, «…como conjunto de convenciones con las que jugar, sobre las que intervenir o en las que apoyarse, no tanto en el momento de la escritura de la composición […] como en el de su planificación, pensando sobre todo en cuando se materialice como espectáculo para un público que, más o menos conscientemente, está al cabo de muchas claves.

Hay muchas posibilidades de combinar música y espacio, música e imagen, música y drama…, la ópera, entendida como género, ofrece no sólo la posibilidad de elegir y sumar buena parte parte de ellas sino […] la posibilidad también de contar con la memoria extra de su tradicón…».

Y terminaba con un breve epígrafe, “La Historia como forma”, donde traía el ejemplo, y con él la paradoja, de otra pieza mía: Dos Glosas, de 1988, donde hacía un uso de músicas preexistentes de una manera que me permitió plantear nuevos juegos con la memoria…

«…Se trata de una composición  –explicaba–  en dos partes muy diferentes entre sí (no contrastantes: diferentes), que tienen su punto de partida en sendas obras mías anteriores. La primera, para clave solo, es una glosa sobre una breve pieza para piano, Ottavia sola, de 1986, que ya era, a su vez, una fantasía sobre cuatro fragmentos de L’Incoronazione di Poppea, de Monteverdi. La segunda, para un conjunto de cámara muy particular (vibráfono, arpa, piano, clave y trío de cuerda) es una glosa sobre un dúo para flauta y viola, Narciso abatido, escrito en 1985 sobre lo que podríamos llamar los ‘restos’ de una enorme tabla de relaciones interválicas de la que me había servido, antes de hipertrofiarla, en algunas obras anteriores.

Esta obra también utiliza, por tanto, el pasado como materia prima, no sólo de la sustancia musical sino ahora también de la manera de enfocar esa utilización. Pero además nos enfrenta a una interesante paradoja… o una encerrona: ¿es más ‘cita’, o más recurso al pasado, acudir a una obra del siglo XVII (como la Glosa I, en segunda instancia) que a una obra muy reciente (como en la Glosa II)?… ¿Quién pondría los límites… y dónde?

No siempre la Historia ha sido traída ante nosotros por los artistas para actuar como legitimadora, ni ha sido evocada nostálgicamente o repudiada. No es esta la primera vez que la Historia es utilizada como ‘forma’, como ‘materia prima’. Desde hace siglos ha habido quienes han paseado despreocupadamente por ella; aunque nuestro siglo XX no se ha caracterizado precisamente por esta actitud.

Yo me formé y empecé a escribir y estrenar mis primeras obras a principios de los años ’70; unos años en los que la Historia era un arma arrojadiza en manos de vanguardistas y nostálgicos. Hoy, sin embargo, para muchos de nosotros el interés va por otros lados. El pasado y el futuro han dejado, por el momento, de ser lo que eran.»

[A. Aracil: “Il tempo non è più quello che era”, Musica/Realtà, nº 39 (diciembre 1992. Milán), pp.73-79] [descargar pdf]

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