Athanasius Kircher y el alma de los números

El pleno de unos en la fecha de hoy, 11.11.11, ha llevado a muchos a marcarlo como día especial, y el momento estrella, cuál si no, las 11:11. Tantas cosas, empezando por el tiempo, pueden ser llevadas a números y, una vez ahí, convertirse en más de lo que eran o en algo diferente… El día 12.11.10 podríamos leerlo, así, como una cuenta atrás cuya continuación, 09.08.07, se habría escrito años antes… y antes, 06.05.04, y antes, 03.02.01. Siguiendo con fechas, el 10.10.10 habría sido el espejo del 01.01.01, primer día del milenio para los que defienden la aritmética en este tipo de límites (porque para los que nos dejamos llevar por otras sensaciones éste había llegado, pese a sus protestas, con el año 2000). Recuerdo ahora también que el 06.06.06, con su triple 6, tuvo un significado especial para los satánicos y me entra un escalofrío parecido cuando pienso que el 12.12.12 pueda sonarnos (un dos, un dos, un dos) a desfile militar.

En su Arithmologia, publicada en Roma en 1665 con el expresivo subtítulo de Los misterios ocultos de los números, dedica Athanasius Kircher la primera parte del tratado a contar su origen e historia, la segunda a exponer las relaciones entre éstos y el sistema planetario, a partir de la tercera parte nos conduce por el mundo de la cábala pitagórica, misterios de los números y operaciones mágicas, y en la sexta y última nos explica su significación mística.

«Toda la creación –dice en el Prefacio a esta parte final– emana números; el cielo y la tierra, los elementos y todo lo que es armónico y agradable en el mundo angélico, humano, sideral y elemental, todo esto subyace a las razones de los números en forma de múltiple analogía, como consta elocuentemente en la Sagrada Escritura, la que, no en vano, se recita en un texto continuado en forma de alegoría perpetua de números»

Si Paolo Giordano, en su novela La soledad de los números primos, se acerca a nosotros y utiliza la aritmética como metáfora para describir a sus dos protagonistas, Kircher pone el foco en toda la creación y se esmera en revelarnos el alma de los números, los secretos que contienen y, a la vez, desvelan. Al hablar, en esa última parte del tratado, sobre sus «cadenas místicas», explica que el tres es el número de la divinidad, que el cuatro es su forma de manifestarse en el mundo corpóreo, y que la naturaleza «goza –nos dice– con el número septenario», suma de ambos; pero es en el diez en el número que más se detiene, para reivindicar su perfección…

«El denario es el número armónico y el más perfecto de todos; asume en sí todas las diferencias de los números pares e impares y todas las proporciones armónicas, como se comprende a partir del cuaternario desintegrado, que tiene la potencia del denario, puesto que 1 2 3 4  sumados forman el denario, porque, así considerado, contiene en sí todas las proporciones de las cinco armonías, en la proporción 2 a 1 se halla la doble, que los músicos llaman diapente; en la proporción 2 a 3 obtenemos el sesquitercio, llamado diatesaron; en la proporción 3 a 1 la triple, que se llama diapason‑diapente; en la proporción 4 a 1 la cuádruple, llamada disdiapason. En todo esto está contenida la música universal, no sólo la artificial o del mundo menor, sino también la del mundo mayor, juntamente con la angélica y con la del coro supremo de Dios óptimo y máximo».

[A. Kircher, Op. cit., pp. 241 & 285; ed. española de A. Martínez Tomé. Madrid, Breogán, 1984]

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