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Archivo de la etiqueta: Francisco de Quevedo

Comenio, en El Laberinto del mundo y el Paraíso del corazón [1631], aventura de un hombre de viaje por el mundo, acompañado por las alegorías de lo previsible y lo imprevisible, describe unos extraños anteojos, llamados «perspicilum», con los que todo se veía diferente de lo que aparenta en la realidad; dirigían la vista hacia atrás –pues sólo viendo lo que se dejaba a la espalda podría afrontarse lo por venir– pero, como consecuencia de ello, todo dependía de cada punto de vista y del camino recorrido por cada uno, por lo que provocaban, más que nada, confusión y disputas. El poema parece a veces un escaparate de lo absurdo. En otro momento de su peregrinaje, los protagonistas llegan a una encrucijada con seis direcciones diferentes… y las seis conducían a la misma enigmática y laberíntica ciudad –el castillo del conocimiento último–, donde estaban representadas todas las ciencias, artes y oficios; pero todo era aquí vano o ficticio y sus calles no conducían a ninguna parte.

Gracián nos deja en El Criticón [I parte: 1651] otras muestras de este clima de desconfianza y desorientación que respiraba la sociedad europea desde décadas atrás: una ciudad que «tenía estremada apariencia, y mejor cuanto más de lejos», pero al llegar, los viajeros hallaban que «lo que parecía clara por fuera, era confusa por dentro; ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros…» y bajo los pies «laços y más laços y más laços de mil maneras, hasta hilos de oro y de rubios cabellos; de suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas». La ciudad, o el mundo en definitiva, se nos muestra aquí y en otros muchos casos como trampa y laberinto. Apariencias, confusión y mudanza son también los componentes principales de Mundus alter et idem [1605], de Joseph Hall; un recorrido por la vida y las costumbres de un mundo en las antípodas, «distinto e igual» al nuestro, espejo deformante y al mismo tiempo observatorio de los comportamientos reinantes en la Europa de comienzos del siglo XVII. […] El estupor y la desorientación ante una realidad cambiante e inaprehensible, que en el Renacimiento había ya empezado a afectar a los científicos, artistas e intelectuales, se había ido extendiendo a toda la sociedad y convertido en imagen urbana; en escenario ficticio sobre el cual, por tanto, sólo las ficciones parecían tener sentido.

[En 2007 participé en un encuentro internacional sobre la llamativa figura de Vincencio Juan de Lastanosa, de cuyo nacimiento se cumplían cuatro siglos. Erudito, curioso –quiero decir deseoso de saber más–, mecenas –de Baltasar Gracián, entre otros–, coleccionista… su biblioteca contaba con cerca de 1.500 títulos impresos o manuscritos y su ‘gabinete de curiosidades’ fue uno de los ejemplos españoles más notables del género.

Miguel López Pérez y Mar Rey Bueno, directores del encuentro reunieron un selecto grupo de especialistas en la ciencia y cultura del barroco, entre los que me incluyeron, y se ocuparon posteriormente de la edición de las Actas con el atractivo título de El inquiridor de maravillas… De mi participación allí extraigo aquí unos párrafos sobre la idea del mundo como apariencia y laberinto, que Lastanosa compartió]

En una muy probablemente falseada –ficticia, diremos ahora– descripción de su biblioteca y curiosidades [Las tres Cosas mas Singulares que tiene la Casa de Lastanosa en este año de 1639, ms. en BNE, Madrid], un supuesto Lastanosa nos brinda con uno de sus extraordinarios espejos otra magnífica metáfora del reino de la subjetividad y las apariencias en que se sumergió buena parte de la cultura del Barroco. «Haze de tres formas –leemos– a quien se mira en él a diferentes distancias; porque, a la regular, haze una cara grande pero hermosa; un paso más apartado, mayor mui fea; y otro paso más lexos muy pequeña, linda y caveza abaxo…». Metáfora doble, por la disociación que ese espejo puede llegar a hacer entre realidad e imagen, ya que todo depende del punto de vista… y por ser quizá el propio espejo una realidad fingida. «Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos; desde [h]oy perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos de lo que viere»… ahora es Quevedo en El mundo por dedentro [1627].

Poco antes, y casi al mismo tiempo, Gonzalo en La Tempestad y Sancho en el Quijote son víctimas de lo inexplicable: de la magia en la comedia de Shakespeare [1611] y de un simple engaño en la novela de Cervantes [II parte: 1615]; Gonzalo, prototipo del sabio y buen anciano, racional, termina llorando «lágrimas [que] corren por su barba como lluvia de invierno / por un tejado de juncos», estupefacto, sin entender nada de lo que le ocurría en la isla; a Sancho, sin embargo, prototipo de gañán honrado y comprensivo, razonable, lo veremos dar por bueno el viaje espacial a lomos de Clavileño, el alígero caballo mecánico de Malambruno, contando como cierto lo que en realidad no ocurrió, inventando sin querer reconocerlo o soñando sin darse cuenta de ello –«ni miento ni sueño»– para enfrentarse a lo que no puede comprender. Serían precisamente estas, la melancolía o el disparate, las dos salidas extremas del curioso o el filósofo ante el desconcierto de la época… y, entre ambas, la paciencia y la confianza en ir desvelando o adivinando pequeños secretos, leyes y excepciones de una realidad inaprehensible. El camino variará entre la cábala, la alquimia, la astrología, el estudio…

«Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos la caça, cébense aquéllos en el juego, rozen galas, traten de amores, atesoren riquezas, con todo género de gustos y de passatiempos; que para mí no hay más gusto como el de leer, ni centro como una selecta librería», dice Critilo, uno de los protagonistas de El Criticón, tras recorrer en la ficción la biblioteca de Lastanosa.

[Para Gracián sería tarea difícil pero no imposible orientarse en este complejo laberinto de apariencias, y hemos de pensar que Lastanosa estaba más cerca de esta idea que de la de Hall o Comenio, que nos presentan el mundo como un caos incomprensible. El mundo está en clave, luego tal vez podamos, pensarían Gracián o Lastanosa, llegar a descubrir sus códigos y descifrarlo…]

Si Lastanosa confiaba en que el conocimiento surgía del encuentro misterioso, desconcertante y placentero a la vez, entre el sujeto y el objeto a conocer, su colección, como la biblioteca, tuvo que ser una fórmula para poseer e intentar comprender por apropiación la realidad y la historia. Como Salastano [su anagrama en El Criticón] y otros personajes de Gracian, fue él de los que no creyeron empeño imposible ir desvelando o adivinando con paciencia pequeños secretos, leyes, excepciones y sorpresas del mundo en el que les tocó vivir.

[de A. Aracil, «El mundo en un armario: secretos, leyes y sorpresas», en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vincencio Juan de Lastanosa; Mar Rey Bueno y Miguel López Pérez, coords;
 Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2011, pp. 113-128] [ver completo en pdf, con las refs. bibliográficas]
[ilustraciones: El alma, peregrina en el laberinto del mundo, en H. Hugo, Goddelycke Wenschen, Amberes, 1629 // S. Ardevines Isla, Fábrica universal y admirable de la composición del mundo mayor, donde se trata desde Dios hasta nada, y del menor, que es el hombre, Madrid, 1621 (de la Biblioteca de V.J. de Lastanosa) // Ave Fénix, empresa de V.J. de Lastanosa]

Traigo, para terminar 2011, algunas imágenes y comentarios de mi muro en Facebook durante este año. No son una crónica, claro, ni una ilustración de lo vivido, ni un cuadro de honor o un retablo; sólo citas aisladas y recuerdos puntuales que compartí en algún momento estos meses y ahora resucito…

23 de febrero [un comienzo]: estaba empezando a componer un ciclo de canciones sobre versos de Quevedo y no me resistí a compartir los que había elegido, tan sencillos como sonoros, para comenzar.

20 de marzo [belleza]: la noche del 19 al 20 vivimos una superluna, un fenómeno que se da sólo cuando coincide la Luna llena con un momento de gran proximidad con la Tierra en su órbita elíptica. Esa noche la luna se vio un 14% más grande y un 30% más brillante. Para recordar. La próxima superluna será en 2028.

8 de abril [despiste]: asistí a un magnífico concierto de La Grande Chapelle en la Iglesia de San Ginés, donde vivió sus últimos años y está enterrado Tomás Luis de Victoria. En el programa, su Oficio de Difuntos; en el templo, una gran afluencia de público y, justo detrás de mí, un señor que no sabía muy bien a qué venía…

27 de junio [emociones]: una emoción especial escuchando la Novena de Beethoven. A veces me pasa con algunas obras maestras y esta es una de ellas. Mi nota dio lugar a una considerable cadena de comentarios. Entre ellos, otro mío entre corchetes: «‎Mi-La, La-Mi: dos fusas y dos negras, dos notas, un intervalo de quinta y su complementario… así empieza, y termina creando una constelación digna de un cielo inolvidable…».

20 de julio [americanada]: parece una broma, pero era cierto y la noticia dio pie a más de una treintena de comentarios que iban desde el asombro a la indignación, pasando, claro, por el cariño, la envidia, lo jocoso… «Siempre consideré –terciaba yo– mi lenguaje ‘suave’, de modo que el problema debe de estar en los poetas… o en las máquinas de clasificar… o en los vigilantes :- «.

6 de septiembre [feliz imprevisto]: Que algo imposible suceda o exista es un premio para todos ¿no?

13 de octubre [ingravidez]: Una invitación a volar en un espacio deslumbrante; en la pantalla del ordenador se pueden vivir estupendas emociones…

1 de diciembre [silencio]: Nicanor Parra gana el Premio Cervantes. De su obra poética, tan dispar, invitaba yo a leer los ‘4 Sonetos del Apocalipsis‘. «Con lo que me he encontrado en estos sonetos –expliqué en la cadena de comentarios– es con un silencio aterrador; ni una sola palabra, ni una sola de las letras que intuyes debajo de esas cruces aflora; no puedes oír nada».

Pero seguramente no es bueno despedirse con una carga tan alta de nihilismo; mejor con unas sonrisas. 31 de diciembre…

Quevedo me deslumbra frecuentemente con sus poemas; burlón a veces, melancólico otras, incisivo, observador, casi siempre muy depurado… Recientemente estrené una colección de canciones sobre versos suyos morosamente elegidos, Aliento fugitivo, que concluye con uno de los sonetos que más me gustan de nuestro Siglo de Oro; tan inteligentes como conmovedores, apoyándose en un epigrama del polaco Micołaj Sęp Szarzynski, los versos de A Roma sepultada en sus ruinas nos hacen reflexionar sobre las huellas del tiempo en forma de paradoja: lo perecedero es lo sólido, hoy ruinas, y lo fugitivo –el río Tíber– es lo único que podría llegar a ser eterno.

Hacía años que lo tenía dando vueltas dentro de mí, acompañándome…

«Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas
y tumba de sí proprio el Aventino.

Ya donde reinaba el Palatino,
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades que blasón latino.

Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya, sepoltura,
la llora con funesto son doliente.

¡Oh, Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.»

[F. de Quevedo, en El Parnaso español. Madrid, por Pedro Coello, 1648]