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Archivo de la etiqueta: Baltasar Gracián

«Todo cuanto hay en el mundo passa en cifra […]. Las más de las cosas no son las que se leen; ya no hay que entender pan por pan, sino por tierra, ni vino por vino sino por agua, que hasta los elementos están cifrados en los elementos […]. De modo que es menester ser uno muy buen letor para no leerlo todo al revés, llevando muy manual la contracifra para ver si el que os haze mucha cortesía quiere engañaros, si el que besa la mano querría morderla, si el que gasta mejor prosa os hace la copla, si el que promete mucho cumplirá nada, si el que ofrece ayudar tira a descuidar para salir él con la pretensión. La lástima es que hay malíssimos letores que entienden C por B, y fuera mejor D por C. No están al cabo de las cifras ni las entienden, no han estudiado la materia de intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso ingenuamente que anduve muchos años tan a ciegas como vosotros hasta que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar que llaman de discurrir los entendidos…».

Gracián por CardereraEs el Descifrador quien, en la tercera parte de El Criticón, explica esto a Andrenio, personificación del hombre inexperto, habitante y espectador asombrado del mundo. Ya había sacado Gracían esta idea en la primera parte de la novela, cuando nos cuenta que iba Andrenio muy reconfortado con el remedio que le habían dado «para poder vivir», que no era otro que mirar siempre el mundo «al contrario de los demás, por la otra parte de lo que parece», entendiendo las cosas «al contrario de lo que muestran…».

El Criticón diría yo que fue, con el Quijote y La Tempestad la fuente literaria que, cuando preparaba mi tesis doctoral, más me ayudó a entender la cultura y comportamientos de la Europa de los siglos XVI y XVII; cultura de la estupefacción, la melancolía, el desvarío, el juego, el engaño consciente… Gracián, Cervantes, Shakespeare, me enseñaron tanto o más que los tratados filosóficos a conocer, y en cierto modo revivir, aquella época. «Poco importa -vuelvo al Descifrador- ver mucho con los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver sin el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era el mismo mundo, cerrado cuando más abierto…».

[en B. Gracián, El Criticón, IIIª parte, Crisi 4ª: ‘El mundo descifrado’, Madrid, por Pablo de Val, 1657, y Iª parte, Crisi 7ª: ‘La fuente de los engaños’, Zaragoza, por Iván Nogués, 1651]
[ilustración: Baltasar Gracián, detalle, por Valentín Carderera, Iconografía española. Colección de retratos, estatuas, mausoleos…, Madrid, por Ramón Campuzano, 1855, ampl. 1864]

Schlosser sitúa en los ajuares funerarios el antecedente primitivo de las colecciones y apunta cómo a principios del siglo XVIII, en su Museographia, Neickel remonta «con toda seriedad» al Arca de Noé su historia de las colecciones de ciencias naturales. Pero será en el siglo XV cuando se empiece a organizar mínimamente el conjunto de objetos acumulados en Naturalia (flora, fauna, minerales), Artificialia (artesanía sobre materiales orgánicos o inorgánicos), Mirabilia (rarezas y curiosidades, naturales o artificiales), Exotica (generalmente de otras culturas; los libros de viajes aumentaron la curiosidad por estos objetos), Scientifica (inicialmente instrumentos astronómicos o geográficos, brújulas, relojes) y Biblioteca; una forma de clasificación –o, podríamos decir, de consideración de la realidad– que pervive en el siglo de Lastanosa.

[Me refiero al siglo XVII. Estos párrafos forman parte del mismo texto sobre el coleccionismo y la visión del mundo en el barroco que publiqué en las actas del encuentro internacional sobre Vincencio Juan de Lastanosa y del que ya recogí en otra nota, el mes pasado, unos párrafos. Si aquellos se referían sobre todo a la idea del mundo, su conocimiento y relación con él entonces, estos que traigo ahora se centran en el coleccionismo y, de manera especial, en la colección que Lastanosa reunió en su muy singular casa, en Huesca]

Museo de las Medallas1645La rareza o singularidad, la antigüedad, la autenticidad o la calidad, son criterios que normalmente guían al coleccionista a la hora de conseguir o conservar un objeto, según Henri Codet, que aventura además cuatro posibles móviles, cuatro razones para hacerlo: el deseo de propiedad, la necesidad de una acción desinteresada, de distracción afectiva o intelectual, el aliciente de compararse y competir con los demás o, al menos, de superarse, y la tendencia a clasificar, ordenar, etiquetar… Más recientemente, Susan Mary Pearce, analizando los impulsos psicológicos del coleccionista desgrana hasta casi una veintena de posibles motivaciones, desde el placer estético o la fantasía hasta la extensión del yo –al representar en cierto modo la colección la biografía del coleccionista– o la aspiración a la inmortalidad, a las que Yvette Sánchez añade otras más prosaicas, como  «la lucha contra el aburrimiento», y algunas más idealistas, como «la curiosidad intelectual, el instinto para rastrear objetos» y «el deseo de conocer».

La colección había sido durante el siglo XVI, generalmente, un ambiente íntimo al que poquísimos visitantes eran admitidos; el permiso para ver la colección solía ser una rara muestra de favor. En el siglo XVII algunas colecciones privadas de aristócratas o intelectuales conservarían ese espíritu de intimidad y aislamiento, pero no faltaron otras muy importantes cuyos propietarios llevaron a la imprenta orgullosas descripciones e inventarios, para conocimiento público […]

Hay tantas colecciones y tantas actitudes hacia la colección como coleccionistas, hasta el punto de que se puede aventurar que todos ellos resultarían en su motivación únicos; pero también que «casi todos se instruyen, se documentan a fondo…» y acompañan su colección de una más o menos extensa biblioteca, y que «son todos perseverantes, desconocen la saturación». El coleccionista «siempre aspira […] a completar la serie», tenga esta límite o no; en este sentido, Freud escribirá que «una colección a la que no se añade nada más está en realidad muerta». No es fácil, por tanto, imaginar una colección que decrece, y esto, entre otras razones más tangibles ha llevado a los especialistas e investigadores sobre Lastanosa a dudar de la autenticidad, o al menos de la veracidad, del célebre documento Las tres Cosas mas Singulares que tiene la Casa de Lastanosa en este año de 1639, que durante el siglo XX sirvió de fuente capital en la mayoría de estudios y reflexiones sobre su colección, su biblioteca o su jardín.

Lastanosa Estanque&LaberintoSi desde un punto de vista histórico el documento queda en entredicho, esta atractiva descripción en primera persona no debe perder, sin embargo, su valor como reflejo de un anhelo biográfico y cultural casi al alcance de la mano. Puede ser, como leíamos […] en Gracián, que no haya «mayor enemigo de la verdad que la verosimilitud», pero lo verosímil de lo descrito aquí –que sólo pocas veces, si no es por comparación con otros documentos más fiables, rebasa los límites de lo creíble– nos acerca precisamente a esa misma cultura de apariencias, confusión, secretos y sorpresas […] en la que Lastanosa se inscribe.

Las tres cosas más singulares…, junto con las generosas referencias de Gracián en El Criticón, nos dibujan un panorama complementario, pero no contrario ni desviado, en mi opinión, de lo estrictamente veraz. No son documentos para saber cómo era en realidad su biblioteca, su colección, su jardín o su armería, pero sí para saber a qué tendían, o cómo les hubiera gustado que fueran al propio Lastanosa, a su círculo de amigos o a sus descendientes.

[¿Qué retrata mejor a alguien: lo que tiene o lo que anhela? me pregunté al preparar mi intervención en el Encuentro. La mera realidad no hay que perderla nunca de vista en un trabajo de investigación histórica, pero si queremos saber, no sólo ver, los deseos, las fantasías, los fingimientos no deben borrarse. Lo que Lastanosa tuvo más aquello que sabía que existía y le hubiera gustado tener nos da la verdadera imagen de las mejores y más raras colecciones de la época]

Animales disecados, armas y armaduras, algunas, de reyes, banderas, equipamiento militar…, hubieran llenado las seis piezas –en la realidad sólo una– de la Armería y, a lo largo de las cinco salas –una sola también según las descripciones más fiables– que formarían la Librería, hallaríamos repartido lo principal de su colección de antigüedades y maravillas. Cuatro espejos deformantes –supuesto regalo del Duque de Orleans, con quien en realidad no parece que se llegara a relacionar–, serían de lo más apreciado por su dueño, aquello en lo que más se detiene y recrea el supuesto Lastanosa en Las tres cosas más singulares…, describiendo con toda precisión y detalle las transformaciones de la imagen en cada uno de ellos, según la orientación y distancia a que se coloquen. Encontraríamos también «en fieles retratos todas las personas insignes de los siglos […], no ya en oro, que éssa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en camafeos», además de otros ingeniosos artificios –estos reales– para crear efectos visuales por medio falsas perspectivas, cristales y espejos, instrumentos matemáticos, animales disecados, ídolos americanos «tan feos como las almas de los que les tributan adoración», una galería de hombres ilustres, huevos de avestruz… todo un microcosmos de «cosas curiosisimas naturales y artificiales –como el supuesto Lastanosa dice–, criadas y hechas en las quatro partes del mundo, que si se ubieran de relatar por menudo, havia mucho que escrivir».

Aquí el jardín formaría también parte ‘viva’ de la colección, y respondería con su multitud de plantas y animales a los mismos criterios de curiosidad y diversidad de aquélla. Un jardín supuestamente con animales de todo tipo –aves, peces, leones, tortugas, serpientes, mariposas– y todo tipo de plantas: «Gozaron flores de toda variedad –dice ahora Gracián de sus visitantes–, y todas raras, unas para la vista, otras para el olfato, y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas transformaciones. No registraban cosa que no fuese rara; hasta las sabandijas, tan comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad…». Lo ‘raro’ tendría también en ese jardín valor importante y no sólo entre la fauna y la flora; así, junto a las decoraciones mitológicas de sus tapias, un cenador formado por árboles o una gruta con estatuas imitando ermitaños en sus cuevas –todo esto, no lo olvidemos, según la descripción ficticia–, pasearían sus deformes figuras «iorovadas, llenas de varrugas y arrugas», ocho matrimonios de jardineros franceses «tan feos –dice el supuesto Lastanosa– que unos los tenían por Micos y otros por Monos»; allí «hazen su papel sus malas figuras…» y, cuando fueran muriendo, el Duque de Orleans enviaría «sucesores» igualmente deformes, «a medida de mi deseo […] por aver gustado mucho de ver los que io tenia». No serían bufones medievales sino otro caso del moderno –manierista– concepto de curiosidad, que aquí haría todavía una piruetamás, pues sus figuras, «hechas de barro cozido, y vernizadas, con los vernizes de los vestidos correspondientes a los vestidos que llevan y sus colores», eran también las protagonistas de «una Ermosa fuente en ochavo» que presidía uno de los jardines, y volverían a aparecer formando parte asimismo de la decoración de la torre-isla del estanque. Original y dos copias –personas y sus esculturas; naturaleza y artificio– cohabitarían entre las demás sorpresas y curiosidades, en un extravagante juego de reflejos, entre ficción y realidad fingidas. […]

Museo Kircheriano 1678Evolucionan, es cierto, el concepto de colección y el de museo, pero, a juzgar por las descripciones y testimonios que hoy manejamos, Lastanosa, como otros contemporáneos –Settala y Kircher, entre ellos–, no se alejará mucho de la idea y el estilo del coleccionismo de curiosidades y maravillas. En su biblioteca, por ejemplo, los libros de Kircher ocupan un lugar destacado y no aparecen, sin embargo, algunos importantes autores de órbitas más racionalistas…, y no faltan entre sus tesoros, además de los autómatas […], muy diversos objetos singulares y curiosos; así, en una alacena hallamos «multitud de diferentes vidrios», de los que «unos por su transparencia igualan al cristal, otros por lo vario y mezclado de sus colores exceden a las mejores agatas»… y «muchas figurillas de estuco y de pasta, frutas y otras cosas estremadas por la pequeñez y el arte», y en distintos escritorios «varios prodigios de la Naturaleza, tan raros y esquisitos que merecen grandes admiraciones», así como «muchas piedras preciosas […], muchas sin labrar mui esquisitas, de que se valen los indios para el remedio de sus enfermedades», una «piedra iman», un «ydolo de plasma de esmeralda, que fue –dice Andrés de Uztarroz– uno de los mas celebres oraculos que adoraron y temieron los indios» y otro «ydolo de las Amaçonas», «varias monstruosidades de la Naturaleza de minerales, plantas, pescados, aves»…, un «cuerno de unicornio», «muchedumbre de caracoles, conchas, pescados, galapagos y aun de las mas desechadas savandijas», dos grandes «pedaços de coral», «otras curiosidades de aves y savandijas, desde los huevos de avestruz hasta los de escarabajo»… y hasta un hueso y cuatro muelas de gigante.

Por otra parte, las admirativas menciones a las curiosidades y artificios ópticos y matemáticos nos llaman la atención en las descripciones fidedignas […]. Aunque no es probable que existieran algunos de los prodigiosos espejos en los que se detiene el desconocido autor de Las tres cosas más singulares…, sí podemos dar por cierto que Lastanosa disfrutaba en sus estancias de espejos convexos, que «retirando en el centro el objeto representan en perspectiva toda una sala», cóncavos, en los que se ve «la maior maravilla, que es arrojar el objeto fuera y representarlo en el ayre», y otros «muchos instrumentos» con que se obran «operaciones admirables», como los espejos y anteojos «hiperbolicos», capaces de representar imágenes tan sorprendentes «que es corta la vida de un hombre para mirar y gozar sus operaciones»…

[de A. Aracil, “El mundo en un armario: secretos, leyes y sorpresas”, en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vincencio Juan de Lastanosa; Mar Rey Bueno y Miguel López Pérez, coords;
 Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2011, pp. 113-128] [ver completo en pdf, con las refs. bibliográficas]
[ilustraciones: Museo de las medallas desconocidas españolas. Publícalo D. Vincencio Juan de Lastanosa…, Huesca, 1645 // Detalle del estanque y el laberinto de la casa de Lastanosa en Huesca (dibujo del siglo XVII, Biblioteca Nacional de España) // F. Buonanni, Musæum Kircherianum sive Musæum a P. Athanasio Kirchero…, Roma, 1709]

Comenio, en El Laberinto del mundo y el Paraíso del corazón [1631], aventura de un hombre de viaje por el mundo, acompañado por las alegorías de lo previsible y lo imprevisible, describe unos extraños anteojos, llamados “perspicilum”, con los que todo se veía diferente de lo que aparenta en la realidad; dirigían la vista hacia atrás –pues sólo viendo lo que se dejaba a la espalda podría afrontarse lo por venir– pero, como consecuencia de ello, todo dependía de cada punto de vista y del camino recorrido por cada uno, por lo que provocaban, más que nada, confusión y disputas. El poema parece a veces un escaparate de lo absurdo. En otro momento de su peregrinaje, los protagonistas llegan a una encrucijada con seis direcciones diferentes… y las seis conducían a la misma enigmática y laberíntica ciudad –el castillo del conocimiento último–, donde estaban representadas todas las ciencias, artes y oficios; pero todo era aquí vano o ficticio y sus calles no conducían a ninguna parte.

Gracián nos deja en El Criticón [I parte: 1651] otras muestras de este clima de desconfianza y desorientación que respiraba la sociedad europea desde décadas atrás: una ciudad que «tenía estremada apariencia, y mejor cuanto más de lejos», pero al llegar, los viajeros hallaban que «lo que parecía clara por fuera, era confusa por dentro; ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros…» y bajo los pies «laços y más laços y más laços de mil maneras, hasta hilos de oro y de rubios cabellos; de suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas». La ciudad, o el mundo en definitiva, se nos muestra aquí y en otros muchos casos como trampa y laberinto. Apariencias, confusión y mudanza son también los componentes principales de Mundus alter et idem [1605], de Joseph Hall; un recorrido por la vida y las costumbres de un mundo en las antípodas, «distinto e igual» al nuestro, espejo deformante y al mismo tiempo observatorio de los comportamientos reinantes en la Europa de comienzos del siglo XVII. […] El estupor y la desorientación ante una realidad cambiante e inaprehensible, que en el Renacimiento había ya empezado a afectar a los científicos, artistas e intelectuales, se había ido extendiendo a toda la sociedad y convertido en imagen urbana; en escenario ficticio sobre el cual, por tanto, sólo las ficciones parecían tener sentido.

[En 2007 participé en un encuentro internacional sobre la llamativa figura de Vincencio Juan de Lastanosa, de cuyo nacimiento se cumplían cuatro siglos. Erudito, curioso –quiero decir deseoso de saber más–, mecenas –de Baltasar Gracián, entre otros–, coleccionista… su biblioteca contaba con cerca de 1.500 títulos impresos o manuscritos y su ‘gabinete de curiosidades’ fue uno de los ejemplos españoles más notables del género.

Miguel López Pérez y Mar Rey Bueno, directores del encuentro reunieron un selecto grupo de especialistas en la ciencia y cultura del barroco, entre los que me incluyeron, y se ocuparon posteriormente de la edición de las Actas con el atractivo título de El inquiridor de maravillas… De mi participación allí extraigo aquí unos párrafos sobre la idea del mundo como apariencia y laberinto, que Lastanosa compartió]

En una muy probablemente falseada –ficticia, diremos ahora– descripción de su biblioteca y curiosidades [Las tres Cosas mas Singulares que tiene la Casa de Lastanosa en este año de 1639, ms. en BNE, Madrid], un supuesto Lastanosa nos brinda con uno de sus extraordinarios espejos otra magnífica metáfora del reino de la subjetividad y las apariencias en que se sumergió buena parte de la cultura del Barroco. «Haze de tres formas –leemos– a quien se mira en él a diferentes distancias; porque, a la regular, haze una cara grande pero hermosa; un paso más apartado, mayor mui fea; y otro paso más lexos muy pequeña, linda y caveza abaxo…». Metáfora doble, por la disociación que ese espejo puede llegar a hacer entre realidad e imagen, ya que todo depende del punto de vista… y por ser quizá el propio espejo una realidad fingida. «Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos; desde [h]oy perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos de lo que viere»… ahora es Quevedo en El mundo por dedentro [1627].

Poco antes, y casi al mismo tiempo, Gonzalo en La Tempestad y Sancho en el Quijote son víctimas de lo inexplicable: de la magia en la comedia de Shakespeare [1611] y de un simple engaño en la novela de Cervantes [II parte: 1615]; Gonzalo, prototipo del sabio y buen anciano, racional, termina llorando «lágrimas [que] corren por su barba como lluvia de invierno / por un tejado de juncos», estupefacto, sin entender nada de lo que le ocurría en la isla; a Sancho, sin embargo, prototipo de gañán honrado y comprensivo, razonable, lo veremos dar por bueno el viaje espacial a lomos de Clavileño, el alígero caballo mecánico de Malambruno, contando como cierto lo que en realidad no ocurrió, inventando sin querer reconocerlo o soñando sin darse cuenta de ello –«ni miento ni sueño»– para enfrentarse a lo que no puede comprender. Serían precisamente estas, la melancolía o el disparate, las dos salidas extremas del curioso o el filósofo ante el desconcierto de la época… y, entre ambas, la paciencia y la confianza en ir desvelando o adivinando pequeños secretos, leyes y excepciones de una realidad inaprehensible. El camino variará entre la cábala, la alquimia, la astrología, el estudio…

«Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos la caça, cébense aquéllos en el juego, rozen galas, traten de amores, atesoren riquezas, con todo género de gustos y de passatiempos; que para mí no hay más gusto como el de leer, ni centro como una selecta librería», dice Critilo, uno de los protagonistas de El Criticón, tras recorrer en la ficción la biblioteca de Lastanosa.

[Para Gracián sería tarea difícil pero no imposible orientarse en este complejo laberinto de apariencias, y hemos de pensar que Lastanosa estaba más cerca de esta idea que de la de Hall o Comenio, que nos presentan el mundo como un caos incomprensible. El mundo está en clave, luego tal vez podamos, pensarían Gracián o Lastanosa, llegar a descubrir sus códigos y descifrarlo…]

Si Lastanosa confiaba en que el conocimiento surgía del encuentro misterioso, desconcertante y placentero a la vez, entre el sujeto y el objeto a conocer, su colección, como la biblioteca, tuvo que ser una fórmula para poseer e intentar comprender por apropiación la realidad y la historia. Como Salastano [su anagrama en El Criticón] y otros personajes de Gracian, fue él de los que no creyeron empeño imposible ir desvelando o adivinando con paciencia pequeños secretos, leyes, excepciones y sorpresas del mundo en el que les tocó vivir.

[de A. Aracil, “El mundo en un armario: secretos, leyes y sorpresas”, en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vincencio Juan de Lastanosa; Mar Rey Bueno y Miguel López Pérez, coords;
 Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2011, pp. 113-128] [ver completo en pdf, con las refs. bibliográficas]
[ilustraciones: El alma, peregrina en el laberinto del mundo, en H. Hugo, Goddelycke Wenschen, Amberes, 1629 // S. Ardevines Isla, Fábrica universal y admirable de la composición del mundo mayor, donde se trata desde Dios hasta nada, y del menor, que es el hombre, Madrid, 1621 (de la Biblioteca de V.J. de Lastanosa) // Ave Fénix, empresa de V.J. de Lastanosa]

Lo fantástico, lo imaginario, que ya formaba parte de las descripciones maravillosas de los viajeros medievales, se convertirá en tema o sujeto de manifestaciones de todo tipo, desde las sobrecogedoras visiones cosmológicas de Leonardo en algunos de sus manuscritos, hasta la larga enumeración de «maravillas del mundo» de Rabelais. Éste, en el Cuarto Libro de Gargantúa y Pantagruel, alcanza una de sus fantasías más deslumbrantes y bellas cuando Pantagruel y Panurgo oyen en el mar glacial los gritos y exclamaciones de una batalla librada un año antes, congelados en su día y sonoros ahora por efecto del deshielo… «Tomad, tomad, dijo Pantagruel, vedlas aquí que no están todavía descongeladas. Entonces nos lanzó a la cubierta  —continúa Rabelais—  puñados de palabras heladas, y parecían cuentas perladas de distintos colores (…). Al calentarlas con nuestras manos se fundían como nieve, y las oíamos realmente…».

La aceptación consciente de lo exagerado, de lo reconocidamente irreal será pronto, desde mediado el siglo XVI, moneda corriente, y veremos coincidir lo irreal y la consciencia de esta irrealidad en el mismo ámbito, en una misma persona, en una misma creación, y también, como consecuencia de la renuncia a una relación sincera con la realidad, será frecuente la creación de otras realidades, aisladas y casi independientes del mundo exterior: realidades alternativas, como las colecciones, el teatro, juegos, fiestas, autómatas, utopías, laberintos… El Jardín, paraíso en unos casos, universo en otros, fue escenario o cobijo frecuente de estas manifestaciones, pero también debemos considerarlo, en sí mismo, como una naturaleza alternativa, como un sofisticado artificio capaz no sólo de imitar la naturaleza, sino de recrearla e incluso a veces superarla. Lo mismo ocurría con las colecciones, bibliotecas y “studioli” de la época, realidad virtual en algunas ocasiones o ensayo, al menos, de comprensión de la realidad por aquellos que no lo consideraban empeño imposible.

El mundo que describe Gracián en El Criticón, a diferencia del de Comenio o el de Josef Hall, no es siempre un caos o un monstruo sino, más bien, un complejo juego de mentiras, un laberinto de apariencias en el que es dificil, pero no imposible, orientarse. «Todo cuanto hay en el mundo passa en cifra», apunta Gracián casi al final de la obra. Hay, pues, que desconfiar de la impresión primera  —«no hay mayor enemigo de la verdad que la verosimilitud», leemos también—,  pero tal vez no sea imposible llegar a entender lo que nos rodea y nos sucede, o a entreverlo, aunque sea parcialmente […]

Para los más optimistas, para quienes trataban de dar con alguna de las claves del mundo, la colección y la biblioteca fueron herramientas casi imprescindibles. Ciencia, magia, erudición y maravillas caminarán juntas en algunas de estas colecciones, uniendo lo didáctico o académico con lo raro procedente del mundo natural  —monstruos, curiosidades—  y del artificial; porque las colecciones de los siglos XVI y XVII basculaban con frecuencia entre el deseo de completar o armonizar y el de romper la norma con casos excepcionales. Son la mayoría un tercer vértice, más que un término medio, entre la “Wunderkammer” de finales de Edad Media y la Enciclopedia científica del siglo de la Ilustración. Buena parte de las colecciones del momento se nos presentan, pues, como una especie de tierra de nadie y de todo: como un lugar de encuentro entre la realidad y el símbolo, entre lo conocido y la sorpresa, entre lo concreto y lo universal, entre las artes, las ciencias y el juego.

[de A. Aracil, “Jardines y otros sueños”, en La ilusión de la belleza, Madrid-Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 2001]