Sonatas. Ensayo en el Teatro de la ZarzuelaEsa viga horizontal en el centro de la fotografía marca la línea donde enlazan la música y la danza: debajo de ella, el foso de la orquesta; arriba, el tapiz blanco del escenario. En el foso están terminando de colocarse ante sus atriles los músicos de la Orquesta de la Comunidad de Madrid; los bailarines de la Compañia Nacional de Danza se preparan arriba.

La imagen la tomé ayer en el Teatro de la Zarzuela, en Madrid, minutos antes de que empezara el ensayo de ‘Sonatas’, una coreografía de José Carlos Martínez sobre seis sonatas para tecla de Domenico Scarlatti (K 39, 159, 208 y 427) y Antonio Soler (R 45 y 118) de cuya adaptación y orquestación me he ocupado estos últimos meses.

No es esta mi primera experiencia con la danza, pero sí la más más apasionante. Seguí este invierno el proceso de ensayos de la coreografía, sus primeras representaciones (con piano hasta hoy), sus sucesivos retoques y adaptaciones a un número variable de bailarines… y me sumergí en la orquestación con la idea de ser tanto o más fiel a las coreografías de cada pieza que a las partituras originales.

La última semana viví los ensayos musicales en la sede de la orquesta, al norte de la ciudad, mientras sabía que los bailarines, varios kilómetros al sur, en la sede de la compañía, repasaban su ballet. Ayer fue el día que unos y otros, apenas separados por unos centímetros, minutos después de que tomara esta fotografía, se encontraron.

[fotografía: Compañía Nacional de Danza (director, José Carlos Martínez) y Orquesta de la Comunidad de Madrid (dirigida por Marzio Conti) en el Teatro de la Zarzuela, Madrid, junio 2013 © Alfredo Aracil]

«A los cuatro años descubrí que sabía leer», nos cuenta Alberto Manguel en las primeras paginas de su personal ensayo y relato Una historia de la lectura. Había visto, nos dice, innumerables veces las letras pero por primera vez entonces relacionó los trazos de algunas de ellas con un significado. Otro lector le había explicado «el valor de aquellas formas» y tiempo después sentiría él el estremecimiento de ser capaz de hacer por sí mismo «aquel acto de prestidigitación» que convierte las formas de las letras en objetos, historias, ideas… «Fue como adquirir un sentido nuevo», explica y, con ello, nos hace recordar lo que cada uno hemos vivido.

París SteChapelle AracilPero leer libros, leer letras, es sólo una de las muchas posibilidades que hay de lectura, y Manguel a renglón seguido amplía preciosamente el foco de su atención entre jubilosa y admirada; unas líneas que me ayudaron a entender la lectura como algo más fascinante y a la vez más cotidiano de lo que había hasta entonces pensado…

«El astrónomo que lee un mapa de estrellas que ya no existen; el arquitecto japonés que lee el terreno donde se va a edificar una casa con el fin de protegerla de fuerzas malignas; el zoólogo que lee las huellas de los animales en el bosque; la jugadora de cartas que lee los gestos de su compañero antes de arrojar sobre la mesa el naipe victorioso; el bailarín que lee las anotaciones del coreógrafo y el público que lee los movimientos del bailarín sobre el escenario; el tejedor que lee el intrincado diseño de una alfombra que está fabricando; el organista que lee simultáneamente en la página diferentes líneas de música orquestada; el padre que lee el rostro del bebé buscando señales de alegría, miedo o asombro; el adivino chino que lee las antiguas marcas en el caparazón de una tortuga; el amante que de noche, bajo las sábanas, lee a ciegas el cuerpo de la amada; el psiquiatra que ayuda a los pacientes a leer sus propios sueños desconcertantes; el pescador hawaiano que, hundiendo una mano en el agua, lee las corrientes marinas; el granjero que lee en el cielo el tiempo atmosférico; todos ellos comparten con los lectores de libros la habilidad de descifrar y traducir signos […] Todos nos leemos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea para poder vislumbrar qué somos y dónde estamos. Leemos para entender. No tenemos otro remedio que leer. Leer, casi tanto como respirar, es nuestra función esencial».

[A. Manguel: A History of Reading, Toronto, Knopf Canada, 1996; trad. (por J.L. López Muñoz) Una historia de la lectura, Madrid, Alianza Edit. / Fund. Germán Sánchez Rupérez, 1998] [fotografía: París, Sainte Capelle, detalle © A. Aracil, dic. 2004]

Las escribí alguna vez, o más de una, en este bloc de notas a lo largo del año pasado y con gusto las volvería a escribir en 2013.

En los títulos: recuerdo, mito, paraíso, plural, canto, ser, tiempo, ángeles, proyecto, libros, sensación, geometría, cielo, diccionario, extraordinarios, valor, secreto, primavera, islas, mensajes, aire, imprevistos, cuidado, nada, imaginarios, encuentros, sorpresas, mundo, nubes, coloquio…

Aracil, Madrid 9 julio 2012Son algunas. En el primer párrafo: soneto, ciudades, lecturas, sueños, salvación, acontecimiento, escenografía, minutos, vida, músicos, puras, novísimas, poesía, discípulo, canciones, verano, hoy, descubrimiento, hombre, renovación, interés, época, aspiraciones, siglos, péndulo, verdad, autómatas, fantasías, oro, historias, silencio, iniciativa, patrimonio, experiencias, festival, ojos, casualidad, aprender, natural, florecientes, expresiva, evocaciones, estilizado, abstracción, cosmopolitas, aventura, exposición, versos, exquisito, estrenar, ensayo, razones, novedades, comprender, hilvanar, frágil, audacias, paraíso, ángeles, alegoría, conciertos, príncipes, creencia, momento, música, relatos, festines, escenario, ingenios, escritores, juegos, imaginación, delicado, paradoja, viveza, espectáculo, orquestación, ballets, coreografía, leyendas, destino, océano, señales, alegrías, deseos, excepcional, origen, puntillas, pintor, perfil, mejor, museos, útil, adivinanzas, solución, palabra, entusiasmo, espíritu, existencia, espejos, colores, reinos, sueño, reflejos, mágico, frecuentes, simpatía, nuevo, amistad, laberinto, paraíso, viaje, alegorías, peregrinaje, enigmática, conocimiento, ciencias, ficticio, escritorio, joyero, superficie, perlas, primitivo, colecciones, artesanía, astronómicos, brújulas, relojes, biblioteca, pabellones, papel, tendencias, difusión, iniciativa…

Todas esas y las que vienen, y algunas más. En el último: emociones, concisión, depurado, naturaleza, fusión, continuidad, sonidos, armonía, embrión, onda, equivalencia, pintura, observación, versos, singular, memoria, amistad, gramófono, verano, barroca, cantes, magia, arte, partituras, sinfín, romancero, rococó, escritos, perfección, obeliscos, mano, metrópoli, destino, página, variedad, cotidiano, máquinas, imagen, magia, seducir, revolución, saber, sensaciones, oyente, cerca, metáfora, maestro, coloquios, idea, camino, hora, antaño, experiencia, cuidado, sistema, peripecia, universales, telegrafía, futuro, espacio, álbumes, fructífera, músicos, misterios, sensorial, poesía, reflejo, ruiseñor, vértigo, madrigal, ángeles, universo, amplitud, referencia, extremo, expresión, asombroso, conmovernos, inteligencia, nosotros, respuestas, dudar, complejidad, dimensiones, artificio, extravagancia, anotaciones, rastrear, pentagrama, representación, creación, valor, noche, isla, explícitos, definición, silueta, efímeros, reloj, recursos, espiritual, vanguardias, mejorar, entorno, prólogo, afinidades, originalidad, nombre, línea, divinidad, universo, visita, paso, conocimiento, realidad, paciencia, excepciones, tinta, lápiz, admirativas, artificios, descripciones, prodigiosos, maravilla, aire, admirables, gozar, piensas, cerebro, precioso, colores, acompañado…

[fotografía: Madrid, julio 2012 © Alfredo Aracil]

Me refiero a las lonas que cubren los pabellones de la Nave de Música de Matadero Madrid. Un coloquio me llevó este otoño allí para hablar sobre el papel e influencia de los programadores, críticos, editores, en la creación de enfoques y tendencias de difusión o consumo musical; estaba organizado por iniciativa de la siempre activa Susan Campos, para la sección Sound-In de Estampa.

Estampa es una veterana feria de arte múltiple que surgió, de ahí el nombre, dedicada a las artes gráficas y que de un tiempo a esta parte ha incorporado también las grabaciones sonoras, otra de las formas -imagino que la más potente en términos socioeconómicos y quizá también estéticos- de producción artística en serie.

Empezando así esta nota podría continuar comentando cómo la radio y el disco han marcado un antes y después en la historia de la música; cómo han supuesto la segunda verdadera revolución, pienso yo, tras la invención de la escritura. O bien, recordar que el gran debate sobre los valores y problemas de la reproductibilidad del arte -la pérdida del aura, las ficciones del éxito- se produjo tomando como base de reflexión la fotografía y el cine (Walter Benjamin) o la música, los discos (Theodor W. Adorno). Pero en realidad lo que yo quería es simplemente compartir las imágenes que encontré allí mirando hacia las nubes.

¿No es frecuente mientras piensas lo que hablas o piensas en lo que escuchas -mientras piensas, en definitiva- mirar hacia arriba? Creo que leí en algún sitio que inconscientemente lo que hacemos así es facilitar el riego sanguíneo en determinada área del cerebro, pero no estoy seguro de que esto no sea más que pura imaginación por mi parte. En cualquier caso, me descubrí bajo un precioso cielo de rayas de distintos colores y, de eso sí doy fe, encontrarme tan bien cubierto como bien acompañado me llevó a sentirme bien a gusto.

[fotografías: lonas de la Nave de Música en Matadero Madrid, octubre 2012 © Alfredo Aracil]

Schlosser sitúa en los ajuares funerarios el antecedente primitivo de las colecciones y apunta cómo a principios del siglo XVIII, en su Museographia, Neickel remonta «con toda seriedad» al Arca de Noé su historia de las colecciones de ciencias naturales. Pero será en el siglo XV cuando se empiece a organizar mínimamente el conjunto de objetos acumulados en Naturalia (flora, fauna, minerales), Artificialia (artesanía sobre materiales orgánicos o inorgánicos), Mirabilia (rarezas y curiosidades, naturales o artificiales), Exotica (generalmente de otras culturas; los libros de viajes aumentaron la curiosidad por estos objetos), Scientifica (inicialmente instrumentos astronómicos o geográficos, brújulas, relojes) y Biblioteca; una forma de clasificación –o, podríamos decir, de consideración de la realidad– que pervive en el siglo de Lastanosa.

[Me refiero al siglo XVII. Estos párrafos forman parte del mismo texto sobre el coleccionismo y la visión del mundo en el barroco que publiqué en las actas del encuentro internacional sobre Vincencio Juan de Lastanosa y del que ya recogí en otra nota, el mes pasado, unos párrafos. Si aquellos se referían sobre todo a la idea del mundo, su conocimiento y relación con él entonces, estos que traigo ahora se centran en el coleccionismo y, de manera especial, en la colección que Lastanosa reunió en su muy singular casa, en Huesca]

Museo de las Medallas1645La rareza o singularidad, la antigüedad, la autenticidad o la calidad, son criterios que normalmente guían al coleccionista a la hora de conseguir o conservar un objeto, según Henri Codet, que aventura además cuatro posibles móviles, cuatro razones para hacerlo: el deseo de propiedad, la necesidad de una acción desinteresada, de distracción afectiva o intelectual, el aliciente de compararse y competir con los demás o, al menos, de superarse, y la tendencia a clasificar, ordenar, etiquetar… Más recientemente, Susan Mary Pearce, analizando los impulsos psicológicos del coleccionista desgrana hasta casi una veintena de posibles motivaciones, desde el placer estético o la fantasía hasta la extensión del yo –al representar en cierto modo la colección la biografía del coleccionista– o la aspiración a la inmortalidad, a las que Yvette Sánchez añade otras más prosaicas, como  «la lucha contra el aburrimiento», y algunas más idealistas, como «la curiosidad intelectual, el instinto para rastrear objetos» y «el deseo de conocer».

La colección había sido durante el siglo XVI, generalmente, un ambiente íntimo al que poquísimos visitantes eran admitidos; el permiso para ver la colección solía ser una rara muestra de favor. En el siglo XVII algunas colecciones privadas de aristócratas o intelectuales conservarían ese espíritu de intimidad y aislamiento, pero no faltaron otras muy importantes cuyos propietarios llevaron a la imprenta orgullosas descripciones e inventarios, para conocimiento público […]

Hay tantas colecciones y tantas actitudes hacia la colección como coleccionistas, hasta el punto de que se puede aventurar que todos ellos resultarían en su motivación únicos; pero también que «casi todos se instruyen, se documentan a fondo…» y acompañan su colección de una más o menos extensa biblioteca, y que «son todos perseverantes, desconocen la saturación». El coleccionista «siempre aspira […] a completar la serie», tenga esta límite o no; en este sentido, Freud escribirá que «una colección a la que no se añade nada más está en realidad muerta». No es fácil, por tanto, imaginar una colección que decrece, y esto, entre otras razones más tangibles ha llevado a los especialistas e investigadores sobre Lastanosa a dudar de la autenticidad, o al menos de la veracidad, del célebre documento Las tres Cosas mas Singulares que tiene la Casa de Lastanosa en este año de 1639, que durante el siglo XX sirvió de fuente capital en la mayoría de estudios y reflexiones sobre su colección, su biblioteca o su jardín.

Lastanosa Estanque&LaberintoSi desde un punto de vista histórico el documento queda en entredicho, esta atractiva descripción en primera persona no debe perder, sin embargo, su valor como reflejo de un anhelo biográfico y cultural casi al alcance de la mano. Puede ser, como leíamos […] en Gracián, que no haya «mayor enemigo de la verdad que la verosimilitud», pero lo verosímil de lo descrito aquí –que sólo pocas veces, si no es por comparación con otros documentos más fiables, rebasa los límites de lo creíble– nos acerca precisamente a esa misma cultura de apariencias, confusión, secretos y sorpresas […] en la que Lastanosa se inscribe.

Las tres cosas más singulares…, junto con las generosas referencias de Gracián en El Criticón, nos dibujan un panorama complementario, pero no contrario ni desviado, en mi opinión, de lo estrictamente veraz. No son documentos para saber cómo era en realidad su biblioteca, su colección, su jardín o su armería, pero sí para saber a qué tendían, o cómo les hubiera gustado que fueran al propio Lastanosa, a su círculo de amigos o a sus descendientes.

[¿Qué retrata mejor a alguien: lo que tiene o lo que anhela? me pregunté al preparar mi intervención en el Encuentro. La mera realidad no hay que perderla nunca de vista en un trabajo de investigación histórica, pero si queremos saber, no sólo ver, los deseos, las fantasías, los fingimientos no deben borrarse. Lo que Lastanosa tuvo más aquello que sabía que existía y le hubiera gustado tener nos da la verdadera imagen de las mejores y más raras colecciones de la época]

Animales disecados, armas y armaduras, algunas, de reyes, banderas, equipamiento militar…, hubieran llenado las seis piezas –en la realidad sólo una– de la Armería y, a lo largo de las cinco salas –una sola también según las descripciones más fiables– que formarían la Librería, hallaríamos repartido lo principal de su colección de antigüedades y maravillas. Cuatro espejos deformantes –supuesto regalo del Duque de Orleans, con quien en realidad no parece que se llegara a relacionar–, serían de lo más apreciado por su dueño, aquello en lo que más se detiene y recrea el supuesto Lastanosa en Las tres cosas más singulares…, describiendo con toda precisión y detalle las transformaciones de la imagen en cada uno de ellos, según la orientación y distancia a que se coloquen. Encontraríamos también «en fieles retratos todas las personas insignes de los siglos […], no ya en oro, que éssa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en camafeos», además de otros ingeniosos artificios –estos reales– para crear efectos visuales por medio falsas perspectivas, cristales y espejos, instrumentos matemáticos, animales disecados, ídolos americanos «tan feos como las almas de los que les tributan adoración», una galería de hombres ilustres, huevos de avestruz… todo un microcosmos de «cosas curiosisimas naturales y artificiales –como el supuesto Lastanosa dice–, criadas y hechas en las quatro partes del mundo, que si se ubieran de relatar por menudo, havia mucho que escrivir».

Aquí el jardín formaría también parte ‘viva’ de la colección, y respondería con su multitud de plantas y animales a los mismos criterios de curiosidad y diversidad de aquélla. Un jardín supuestamente con animales de todo tipo –aves, peces, leones, tortugas, serpientes, mariposas– y todo tipo de plantas: «Gozaron flores de toda variedad –dice ahora Gracián de sus visitantes–, y todas raras, unas para la vista, otras para el olfato, y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas transformaciones. No registraban cosa que no fuese rara; hasta las sabandijas, tan comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad…». Lo ‘raro’ tendría también en ese jardín valor importante y no sólo entre la fauna y la flora; así, junto a las decoraciones mitológicas de sus tapias, un cenador formado por árboles o una gruta con estatuas imitando ermitaños en sus cuevas –todo esto, no lo olvidemos, según la descripción ficticia–, pasearían sus deformes figuras «iorovadas, llenas de varrugas y arrugas», ocho matrimonios de jardineros franceses «tan feos –dice el supuesto Lastanosa– que unos los tenían por Micos y otros por Monos»; allí «hazen su papel sus malas figuras…» y, cuando fueran muriendo, el Duque de Orleans enviaría «sucesores» igualmente deformes, «a medida de mi deseo […] por aver gustado mucho de ver los que io tenia». No serían bufones medievales sino otro caso del moderno –manierista– concepto de curiosidad, que aquí haría todavía una piruetamás, pues sus figuras, «hechas de barro cozido, y vernizadas, con los vernizes de los vestidos correspondientes a los vestidos que llevan y sus colores», eran también las protagonistas de «una Ermosa fuente en ochavo» que presidía uno de los jardines, y volverían a aparecer formando parte asimismo de la decoración de la torre-isla del estanque. Original y dos copias –personas y sus esculturas; naturaleza y artificio– cohabitarían entre las demás sorpresas y curiosidades, en un extravagante juego de reflejos, entre ficción y realidad fingidas. […]

Museo Kircheriano 1678Evolucionan, es cierto, el concepto de colección y el de museo, pero, a juzgar por las descripciones y testimonios que hoy manejamos, Lastanosa, como otros contemporáneos –Settala y Kircher, entre ellos–, no se alejará mucho de la idea y el estilo del coleccionismo de curiosidades y maravillas. En su biblioteca, por ejemplo, los libros de Kircher ocupan un lugar destacado y no aparecen, sin embargo, algunos importantes autores de órbitas más racionalistas…, y no faltan entre sus tesoros, además de los autómatas […], muy diversos objetos singulares y curiosos; así, en una alacena hallamos «multitud de diferentes vidrios», de los que «unos por su transparencia igualan al cristal, otros por lo vario y mezclado de sus colores exceden a las mejores agatas»… y «muchas figurillas de estuco y de pasta, frutas y otras cosas estremadas por la pequeñez y el arte», y en distintos escritorios «varios prodigios de la Naturaleza, tan raros y esquisitos que merecen grandes admiraciones», así como «muchas piedras preciosas […], muchas sin labrar mui esquisitas, de que se valen los indios para el remedio de sus enfermedades», una «piedra iman», un «ydolo de plasma de esmeralda, que fue –dice Andrés de Uztarroz– uno de los mas celebres oraculos que adoraron y temieron los indios» y otro «ydolo de las Amaçonas», «varias monstruosidades de la Naturaleza de minerales, plantas, pescados, aves»…, un «cuerno de unicornio», «muchedumbre de caracoles, conchas, pescados, galapagos y aun de las mas desechadas savandijas», dos grandes «pedaços de coral», «otras curiosidades de aves y savandijas, desde los huevos de avestruz hasta los de escarabajo»… y hasta un hueso y cuatro muelas de gigante.

Por otra parte, las admirativas menciones a las curiosidades y artificios ópticos y matemáticos nos llaman la atención en las descripciones fidedignas […]. Aunque no es probable que existieran algunos de los prodigiosos espejos en los que se detiene el desconocido autor de Las tres cosas más singulares…, sí podemos dar por cierto que Lastanosa disfrutaba en sus estancias de espejos convexos, que «retirando en el centro el objeto representan en perspectiva toda una sala», cóncavos, en los que se ve «la maior maravilla, que es arrojar el objeto fuera y representarlo en el ayre», y otros «muchos instrumentos» con que se obran «operaciones admirables», como los espejos y anteojos «hiperbolicos», capaces de representar imágenes tan sorprendentes «que es corta la vida de un hombre para mirar y gozar sus operaciones»…

[de A. Aracil, “El mundo en un armario: secretos, leyes y sorpresas”, en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vincencio Juan de Lastanosa; Mar Rey Bueno y Miguel López Pérez, coords;
 Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2011, pp. 113-128] [ver completo en pdf, con las refs. bibliográficas]
[ilustraciones: Museo de las medallas desconocidas españolas. Publícalo D. Vincencio Juan de Lastanosa…, Huesca, 1645 // Detalle del estanque y el laberinto de la casa de Lastanosa en Huesca (dibujo del siglo XVII, Biblioteca Nacional de España) // F. Buonanni, Musæum Kircherianum sive Musæum a P. Athanasio Kirchero…, Roma, 1709]

«El escritorio sobre el que escribo es una antigua mesa de joyero, de madera maciza, provista de cuatro grandes cajones y sobre cuya superficie, ligeramente aplanada con respecto a los bordes, sin duda para impedir que las perlas que en otra época se calibraban sobre ella caigan al suelo, se despliega un paño negro de una textura extremadamente tupida…»

[Así comienza Georges Perec su breve relato ‘Still life/Style leaf’, publicado en Le fou parle en septiembre de 1981, sólo meses antes de su prematura muerte. Autor de una obra literaria exquisita, rica en virtuosismos y realmente singular, Perec señaló estos cuatro polos, cuatro “formas de interrogar”, de su escritura: “cómo mirar lo cotidiano”, “mi propia historia”, “mi gusto por las restricciones, las proezas, las gamas“, con palíndromos, anagramas, isogramas, acrósticos…, finalmente “lo novelesco, el gusto por las historias y por las peripecias”, y los cuatro polos se mezclan, combinan, “plantean quizás, a fin de cuentas, la misma pregunta, aunque con perspectivas particulares”. La descripción morosa, la enumeración objetiva tras una observación que nunca lo es, o al menos -esto son apreciaciones personales de lector seducido- nunca está desprovista de intención, la agudeza e incluso un punto de estupefacción ante lo aparentemente sencillo hasta desvelar su complejidad son algunas de sus herramientas.

“La prensa diaria habla de todo menos del día a día…”, escribió en ‘Approches de quoi?’; “es necesario -añadía- que tras cada acontecimiento haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida no debiera revelarse nada más que a través de lo espectacular, como si lo elocuente, lo significativo fuese siempre anormal (…). Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, como interrogarlo, cómo describirlo?”… Y convencido de que lo habitual contiene, en efecto, preguntas y respuestas, información, se ocupa Perec de observarlo, recorrerlo, anotarlo, y mostrárnoslo luego por medio de unas, estas sí, extraordinarias artes y artificios de narrador.

Pero lo infraordinario, lo común, lo cotidiano que Perec nos narra no tiene por qué ser siempre real; una veces sí, tan veraz como verosímil, y otras, como él mismo confesó en las últimas líneas de uno de sus relatos señeros, “ficticio, concebido por el mero placer, y el mero estremecimiento, de la simulación”]

«El escritorio sobre el que escribo -empecemos de nuevo- es una antigua mesa de joyero, de madera maciza, provista de cuatro grandes cajones y sobre cuya superficie, ligeramente aplanada con respecto a los bordes, sin duda para impedir que las perlas que en otra época se calibraban sobre ella caigan al suelo, se despliega un paño negro de una textura extremadamente tupida. Está iluminada por una lámpara articulada, de metal azul, con pantalla cónica, fijada por una especie de abrazadera a uno de los estantes habilitados en la pared, a la izquierda y un poco hacia delante de la mesa. En el extremo izquierdo de la mesa se encuentran dos bandejas rectangulares, e vidrio grueso, dispuestas una junto a otra. La primera contiene una goma blanquecina sobre la que está escrito en negro staedler mars plastic, un cortaúñas de acero pulido, un librito de cerillas que muestra sobre un fondo amarillo anaranjado un dibujo rojo estilo Vasarely, una calculadora marca casio en la que el número 315308, leído al revés, forma la palabra boesie, una especie de joya compuesta por dos minúsculos cocodrilos entrecruzados, un pez de latón con los ojos de vidrio cuya aleta ventral…»

[dos páginas más abajo:]

«…varios corales y minerales: un ágata con irisaciones ocres y verdosas, una piedra roja, un trozo de coral que evoca una garra de pájaro o una mano de tres dedos, otro fragmento de coral con aire de manopla, el brillo de una esmeralda, de un verde más bien apagado, atrapado en un ganga brillante y negra y un bloque de pirita cuyos innumerables cristales cúbicos muy finamente estriados brillan con un destello metálico. A la derecha de la mesa, sobre una pila de hojas de papel de un formato poco habitual (unos 40 x 30 cm), se amontonan cinco carpetas rosas o verdes llenas de modo dispar. En la de más arriba aparece escrito, con rotulador negro: Corresp urgente. Delante de esta pila de carpetas se hallan dos blocs de notas, uno verde…»

[más abajo, siempre en un único párrafo:]

«…la agenda lleva dos indicaciones manuscritas: una con tinta –llamar a Marie– situada alrededor de las 15 horas, la otra a lápiz –Marie Chaix– hacia el final de la página. En la parte delantera de la mesa hay un pequeño mueble de madera, de unos cuarenta centímetros de largo, de quizá doce de alto, que posee cuatro filas superpuestas de se seis cajones y una encimera en forma de caja. Sobre la tapa de este mueble…»

[y una página después:]

«…un par de tijeras, un abrecartas, un cúter, un portaminas. A la derecha un vaso recto de fondo grueso parcialmente lleno de canicas de vidrio entre las que están metidos diez portaplumas. En primer plano, destacando claramente sobre el paño negro de la mesa, se encuentra una hoja de papel cuadriculado, de formato 21 x 29,7, casi totalmente cubierta por una escritura exageradamente abigarrada, en la que se puede leer: El escritorio sobre el que escribo es una antigua mesa de joyero, de madera maciza, provista de cuatro grandes cajones y sobre cuya superficie, ligeramente aplanada…»

[en efecto, está ahora escribiendo lo que lee que había escrito; y dos páginas más abajo:]

«…varios corales y minerales: un ágata con irisaciones ocres y verdosas, una piedra roja, un trozo de coral que evoca una garra de pájaro o una mano de tres dedos, otro fragmento de coral con aire de manopla, el brillo de una esmeralda, de un verde más bien apagado, atrapado en un ganga brillante y negra y un bloque de pirita cuyos innumerables cristales cúbicos muy finamente estriados brillan con un destello metálico. A la derecha de la mesa, sobre una pila de hojas de papel de un formato poco habitual (unos 40 x 30 cm), se amontonan cinco carpetas rosas o verdes llenas de modo dispar. En la de más arriba aparece escrito, con rotulador negro: Corresp urgente. Delante de esta pila de carpetas se hallan dos blocs de notas, uno verde…»

[y más abajo:]

«…la agenda lleva dos indicaciones manuscritas: una con tinta –llamar a Marie– situada alrededor de las 15 horas, la otra a lápiz –Marie Chaix– hacia el final de la página. En la parte delantera de la mesa hay un pequeño mueble de madera…»

[¿etcétera?]

[G. Perec: ‘Still life/Style leaf’, Le fou parle, nº 18 (sep.1981), reed. en L’Infra-ordinaire, París, Seuil, 1989, trad. (por Mercedes Cebrián) Lo infraordinario, Madrid, Impedimenta, 2008.
Para las refs citadas: ‘Notes sur ce que je cherche’ (orig.1978), en Penser/Classer, París, Hachette, 1985; ‘Approches de quoi?’, Cause commune, nº 5 (feb.1973), reed. en L’Infra-ordinaire, ya cit.; Un cabinet d’amateur. Histoire d’un tableau, París, Balland, 1979]
[Ilustraciones: Perec con gato, autor y fecha sin identificar, reun. A. Aracil; Manos (1978), de la exposición Pere(t)c. Tentativa de inventario, en el Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2012]

Comenio, en El Laberinto del mundo y el Paraíso del corazón [1631], aventura de un hombre de viaje por el mundo, acompañado por las alegorías de lo previsible y lo imprevisible, describe unos extraños anteojos, llamados “perspicilum”, con los que todo se veía diferente de lo que aparenta en la realidad; dirigían la vista hacia atrás –pues sólo viendo lo que se dejaba a la espalda podría afrontarse lo por venir– pero, como consecuencia de ello, todo dependía de cada punto de vista y del camino recorrido por cada uno, por lo que provocaban, más que nada, confusión y disputas. El poema parece a veces un escaparate de lo absurdo. En otro momento de su peregrinaje, los protagonistas llegan a una encrucijada con seis direcciones diferentes… y las seis conducían a la misma enigmática y laberíntica ciudad –el castillo del conocimiento último–, donde estaban representadas todas las ciencias, artes y oficios; pero todo era aquí vano o ficticio y sus calles no conducían a ninguna parte.

Gracián nos deja en El Criticón [I parte: 1651] otras muestras de este clima de desconfianza y desorientación que respiraba la sociedad europea desde décadas atrás: una ciudad que «tenía estremada apariencia, y mejor cuanto más de lejos», pero al llegar, los viajeros hallaban que «lo que parecía clara por fuera, era confusa por dentro; ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros…» y bajo los pies «laços y más laços y más laços de mil maneras, hasta hilos de oro y de rubios cabellos; de suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas». La ciudad, o el mundo en definitiva, se nos muestra aquí y en otros muchos casos como trampa y laberinto. Apariencias, confusión y mudanza son también los componentes principales de Mundus alter et idem [1605], de Joseph Hall; un recorrido por la vida y las costumbres de un mundo en las antípodas, «distinto e igual» al nuestro, espejo deformante y al mismo tiempo observatorio de los comportamientos reinantes en la Europa de comienzos del siglo XVII. […] El estupor y la desorientación ante una realidad cambiante e inaprehensible, que en el Renacimiento había ya empezado a afectar a los científicos, artistas e intelectuales, se había ido extendiendo a toda la sociedad y convertido en imagen urbana; en escenario ficticio sobre el cual, por tanto, sólo las ficciones parecían tener sentido.

[En 2007 participé en un encuentro internacional sobre la llamativa figura de Vincencio Juan de Lastanosa, de cuyo nacimiento se cumplían cuatro siglos. Erudito, curioso –quiero decir deseoso de saber más–, mecenas –de Baltasar Gracián, entre otros–, coleccionista… su biblioteca contaba con cerca de 1.500 títulos impresos o manuscritos y su ‘gabinete de curiosidades’ fue uno de los ejemplos españoles más notables del género.

Miguel López Pérez y Mar Rey Bueno, directores del encuentro reunieron un selecto grupo de especialistas en la ciencia y cultura del barroco, entre los que me incluyeron, y se ocuparon posteriormente de la edición de las Actas con el atractivo título de El inquiridor de maravillas… De mi participación allí extraigo aquí unos párrafos sobre la idea del mundo como apariencia y laberinto, que Lastanosa compartió]

En una muy probablemente falseada –ficticia, diremos ahora– descripción de su biblioteca y curiosidades [Las tres Cosas mas Singulares que tiene la Casa de Lastanosa en este año de 1639, ms. en BNE, Madrid], un supuesto Lastanosa nos brinda con uno de sus extraordinarios espejos otra magnífica metáfora del reino de la subjetividad y las apariencias en que se sumergió buena parte de la cultura del Barroco. «Haze de tres formas –leemos– a quien se mira en él a diferentes distancias; porque, a la regular, haze una cara grande pero hermosa; un paso más apartado, mayor mui fea; y otro paso más lexos muy pequeña, linda y caveza abaxo…». Metáfora doble, por la disociación que ese espejo puede llegar a hacer entre realidad e imagen, ya que todo depende del punto de vista… y por ser quizá el propio espejo una realidad fingida. «Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos; desde [h]oy perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos de lo que viere»… ahora es Quevedo en El mundo por dedentro [1627].

Poco antes, y casi al mismo tiempo, Gonzalo en La Tempestad y Sancho en el Quijote son víctimas de lo inexplicable: de la magia en la comedia de Shakespeare [1611] y de un simple engaño en la novela de Cervantes [II parte: 1615]; Gonzalo, prototipo del sabio y buen anciano, racional, termina llorando «lágrimas [que] corren por su barba como lluvia de invierno / por un tejado de juncos», estupefacto, sin entender nada de lo que le ocurría en la isla; a Sancho, sin embargo, prototipo de gañán honrado y comprensivo, razonable, lo veremos dar por bueno el viaje espacial a lomos de Clavileño, el alígero caballo mecánico de Malambruno, contando como cierto lo que en realidad no ocurrió, inventando sin querer reconocerlo o soñando sin darse cuenta de ello –«ni miento ni sueño»– para enfrentarse a lo que no puede comprender. Serían precisamente estas, la melancolía o el disparate, las dos salidas extremas del curioso o el filósofo ante el desconcierto de la época… y, entre ambas, la paciencia y la confianza en ir desvelando o adivinando pequeños secretos, leyes y excepciones de una realidad inaprehensible. El camino variará entre la cábala, la alquimia, la astrología, el estudio…

«Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos la caça, cébense aquéllos en el juego, rozen galas, traten de amores, atesoren riquezas, con todo género de gustos y de passatiempos; que para mí no hay más gusto como el de leer, ni centro como una selecta librería», dice Critilo, uno de los protagonistas de El Criticón, tras recorrer en la ficción la biblioteca de Lastanosa.

[Para Gracián sería tarea difícil pero no imposible orientarse en este complejo laberinto de apariencias, y hemos de pensar que Lastanosa estaba más cerca de esta idea que de la de Hall o Comenio, que nos presentan el mundo como un caos incomprensible. El mundo está en clave, luego tal vez podamos, pensarían Gracián o Lastanosa, llegar a descubrir sus códigos y descifrarlo…]

Si Lastanosa confiaba en que el conocimiento surgía del encuentro misterioso, desconcertante y placentero a la vez, entre el sujeto y el objeto a conocer, su colección, como la biblioteca, tuvo que ser una fórmula para poseer e intentar comprender por apropiación la realidad y la historia. Como Salastano [su anagrama en El Criticón] y otros personajes de Gracian, fue él de los que no creyeron empeño imposible ir desvelando o adivinando con paciencia pequeños secretos, leyes, excepciones y sorpresas del mundo en el que les tocó vivir.

[de A. Aracil, “El mundo en un armario: secretos, leyes y sorpresas”, en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vincencio Juan de Lastanosa; Mar Rey Bueno y Miguel López Pérez, coords;
 Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2011, pp. 113-128] [ver completo en pdf, con las refs. bibliográficas]
[ilustraciones: El alma, peregrina en el laberinto del mundo, en H. Hugo, Goddelycke Wenschen, Amberes, 1629 // S. Ardevines Isla, Fábrica universal y admirable de la composición del mundo mayor, donde se trata desde Dios hasta nada, y del menor, que es el hombre, Madrid, 1621 (de la Biblioteca de V.J. de Lastanosa) // Ave Fénix, empresa de V.J. de Lastanosa]