Colecciones: el mundo en un armario

Schlosser sitúa en los ajuares funerarios el antecedente primitivo de las colecciones y apunta cómo a principios del siglo XVIII, en su Museographia, Neickel remonta «con toda seriedad» al Arca de Noé su historia de las colecciones de ciencias naturales. Pero será en el siglo XV cuando se empiece a organizar mínimamente el conjunto de objetos acumulados en Naturalia (flora, fauna, minerales), Artificialia (artesanía sobre materiales orgánicos o inorgánicos), Mirabilia (rarezas y curiosidades, naturales o artificiales), Exotica (generalmente de otras culturas; los libros de viajes aumentaron la curiosidad por estos objetos), Scientifica (inicialmente instrumentos astronómicos o geográficos, brújulas, relojes) y Biblioteca; una forma de clasificación –o, podríamos decir, de consideración de la realidad– que pervive en el siglo de Lastanosa.

[Me refiero al siglo XVII. Estos párrafos forman parte del mismo texto sobre el coleccionismo y la visión del mundo en el barroco que publiqué en las actas del encuentro internacional sobre Vincencio Juan de Lastanosa y del que ya recogí en otra nota, el mes pasado, unos párrafos. Si aquellos se referían sobre todo a la idea del mundo, su conocimiento y relación con él entonces, estos que traigo ahora se centran en el coleccionismo y, de manera especial, en la colección que Lastanosa reunió en su muy singular casa, en Huesca]

Museo de las Medallas1645La rareza o singularidad, la antigüedad, la autenticidad o la calidad, son criterios que normalmente guían al coleccionista a la hora de conseguir o conservar un objeto, según Henri Codet, que aventura además cuatro posibles móviles, cuatro razones para hacerlo: el deseo de propiedad, la necesidad de una acción desinteresada, de distracción afectiva o intelectual, el aliciente de compararse y competir con los demás o, al menos, de superarse, y la tendencia a clasificar, ordenar, etiquetar… Más recientemente, Susan Mary Pearce, analizando los impulsos psicológicos del coleccionista desgrana hasta casi una veintena de posibles motivaciones, desde el placer estético o la fantasía hasta la extensión del yo –al representar en cierto modo la colección la biografía del coleccionista– o la aspiración a la inmortalidad, a las que Yvette Sánchez añade otras más prosaicas, como  «la lucha contra el aburrimiento», y algunas más idealistas, como «la curiosidad intelectual, el instinto para rastrear objetos» y «el deseo de conocer».

La colección había sido durante el siglo XVI, generalmente, un ambiente íntimo al que poquísimos visitantes eran admitidos; el permiso para ver la colección solía ser una rara muestra de favor. En el siglo XVII algunas colecciones privadas de aristócratas o intelectuales conservarían ese espíritu de intimidad y aislamiento, pero no faltaron otras muy importantes cuyos propietarios llevaron a la imprenta orgullosas descripciones e inventarios, para conocimiento público […]

Hay tantas colecciones y tantas actitudes hacia la colección como coleccionistas, hasta el punto de que se puede aventurar que todos ellos resultarían en su motivación únicos; pero también que «casi todos se instruyen, se documentan a fondo…» y acompañan su colección de una más o menos extensa biblioteca, y que «son todos perseverantes, desconocen la saturación». El coleccionista «siempre aspira […] a completar la serie», tenga esta límite o no; en este sentido, Freud escribirá que «una colección a la que no se añade nada más está en realidad muerta». No es fácil, por tanto, imaginar una colección que decrece, y esto, entre otras razones más tangibles ha llevado a los especialistas e investigadores sobre Lastanosa a dudar de la autenticidad, o al menos de la veracidad, del célebre documento Las tres Cosas mas Singulares que tiene la Casa de Lastanosa en este año de 1639, que durante el siglo XX sirvió de fuente capital en la mayoría de estudios y reflexiones sobre su colección, su biblioteca o su jardín.

Lastanosa Estanque&LaberintoSi desde un punto de vista histórico el documento queda en entredicho, esta atractiva descripción en primera persona no debe perder, sin embargo, su valor como reflejo de un anhelo biográfico y cultural casi al alcance de la mano. Puede ser, como leíamos […] en Gracián, que no haya «mayor enemigo de la verdad que la verosimilitud», pero lo verosímil de lo descrito aquí –que sólo pocas veces, si no es por comparación con otros documentos más fiables, rebasa los límites de lo creíble– nos acerca precisamente a esa misma cultura de apariencias, confusión, secretos y sorpresas […] en la que Lastanosa se inscribe.

Las tres cosas más singulares…, junto con las generosas referencias de Gracián en El Criticón, nos dibujan un panorama complementario, pero no contrario ni desviado, en mi opinión, de lo estrictamente veraz. No son documentos para saber cómo era en realidad su biblioteca, su colección, su jardín o su armería, pero sí para saber a qué tendían, o cómo les hubiera gustado que fueran al propio Lastanosa, a su círculo de amigos o a sus descendientes.

[¿Qué retrata mejor a alguien: lo que tiene o lo que anhela? me pregunté al preparar mi intervención en el Encuentro. La mera realidad no hay que perderla nunca de vista en un trabajo de investigación histórica, pero si queremos saber, no sólo ver, los deseos, las fantasías, los fingimientos no deben borrarse. Lo que Lastanosa tuvo más aquello que sabía que existía y le hubiera gustado tener nos da la verdadera imagen de las mejores y más raras colecciones de la época]

Animales disecados, armas y armaduras, algunas, de reyes, banderas, equipamiento militar…, hubieran llenado las seis piezas –en la realidad sólo una– de la Armería y, a lo largo de las cinco salas –una sola también según las descripciones más fiables– que formarían la Librería, hallaríamos repartido lo principal de su colección de antigüedades y maravillas. Cuatro espejos deformantes –supuesto regalo del Duque de Orleans, con quien en realidad no parece que se llegara a relacionar–, serían de lo más apreciado por su dueño, aquello en lo que más se detiene y recrea el supuesto Lastanosa en Las tres cosas más singulares…, describiendo con toda precisión y detalle las transformaciones de la imagen en cada uno de ellos, según la orientación y distancia a que se coloquen. Encontraríamos también «en fieles retratos todas las personas insignes de los siglos […], no ya en oro, que éssa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en camafeos», además de otros ingeniosos artificios –estos reales– para crear efectos visuales por medio falsas perspectivas, cristales y espejos, instrumentos matemáticos, animales disecados, ídolos americanos «tan feos como las almas de los que les tributan adoración», una galería de hombres ilustres, huevos de avestruz… todo un microcosmos de «cosas curiosisimas naturales y artificiales –como el supuesto Lastanosa dice–, criadas y hechas en las quatro partes del mundo, que si se ubieran de relatar por menudo, havia mucho que escrivir».

Aquí el jardín formaría también parte ‘viva’ de la colección, y respondería con su multitud de plantas y animales a los mismos criterios de curiosidad y diversidad de aquélla. Un jardín supuestamente con animales de todo tipo –aves, peces, leones, tortugas, serpientes, mariposas– y todo tipo de plantas: «Gozaron flores de toda variedad –dice ahora Gracián de sus visitantes–, y todas raras, unas para la vista, otras para el olfato, y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas transformaciones. No registraban cosa que no fuese rara; hasta las sabandijas, tan comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad…». Lo ‘raro’ tendría también en ese jardín valor importante y no sólo entre la fauna y la flora; así, junto a las decoraciones mitológicas de sus tapias, un cenador formado por árboles o una gruta con estatuas imitando ermitaños en sus cuevas –todo esto, no lo olvidemos, según la descripción ficticia–, pasearían sus deformes figuras «iorovadas, llenas de varrugas y arrugas», ocho matrimonios de jardineros franceses «tan feos –dice el supuesto Lastanosa– que unos los tenían por Micos y otros por Monos»; allí «hazen su papel sus malas figuras…» y, cuando fueran muriendo, el Duque de Orleans enviaría «sucesores» igualmente deformes, «a medida de mi deseo […] por aver gustado mucho de ver los que io tenia». No serían bufones medievales sino otro caso del moderno –manierista– concepto de curiosidad, que aquí haría todavía una piruetamás, pues sus figuras, «hechas de barro cozido, y vernizadas, con los vernizes de los vestidos correspondientes a los vestidos que llevan y sus colores», eran también las protagonistas de «una Ermosa fuente en ochavo» que presidía uno de los jardines, y volverían a aparecer formando parte asimismo de la decoración de la torre-isla del estanque. Original y dos copias –personas y sus esculturas; naturaleza y artificio– cohabitarían entre las demás sorpresas y curiosidades, en un extravagante juego de reflejos, entre ficción y realidad fingidas. […]

Museo Kircheriano 1678Evolucionan, es cierto, el concepto de colección y el de museo, pero, a juzgar por las descripciones y testimonios que hoy manejamos, Lastanosa, como otros contemporáneos –Settala y Kircher, entre ellos–, no se alejará mucho de la idea y el estilo del coleccionismo de curiosidades y maravillas. En su biblioteca, por ejemplo, los libros de Kircher ocupan un lugar destacado y no aparecen, sin embargo, algunos importantes autores de órbitas más racionalistas…, y no faltan entre sus tesoros, además de los autómatas […], muy diversos objetos singulares y curiosos; así, en una alacena hallamos «multitud de diferentes vidrios», de los que «unos por su transparencia igualan al cristal, otros por lo vario y mezclado de sus colores exceden a las mejores agatas»… y «muchas figurillas de estuco y de pasta, frutas y otras cosas estremadas por la pequeñez y el arte», y en distintos escritorios «varios prodigios de la Naturaleza, tan raros y esquisitos que merecen grandes admiraciones», así como «muchas piedras preciosas […], muchas sin labrar mui esquisitas, de que se valen los indios para el remedio de sus enfermedades», una «piedra iman», un «ydolo de plasma de esmeralda, que fue –dice Andrés de Uztarroz– uno de los mas celebres oraculos que adoraron y temieron los indios» y otro «ydolo de las Amaçonas», «varias monstruosidades de la Naturaleza de minerales, plantas, pescados, aves»…, un «cuerno de unicornio», «muchedumbre de caracoles, conchas, pescados, galapagos y aun de las mas desechadas savandijas», dos grandes «pedaços de coral», «otras curiosidades de aves y savandijas, desde los huevos de avestruz hasta los de escarabajo»… y hasta un hueso y cuatro muelas de gigante.

Por otra parte, las admirativas menciones a las curiosidades y artificios ópticos y matemáticos nos llaman la atención en las descripciones fidedignas […]. Aunque no es probable que existieran algunos de los prodigiosos espejos en los que se detiene el desconocido autor de Las tres cosas más singulares…, sí podemos dar por cierto que Lastanosa disfrutaba en sus estancias de espejos convexos, que «retirando en el centro el objeto representan en perspectiva toda una sala», cóncavos, en los que se ve «la maior maravilla, que es arrojar el objeto fuera y representarlo en el ayre», y otros «muchos instrumentos» con que se obran «operaciones admirables», como los espejos y anteojos «hiperbolicos», capaces de representar imágenes tan sorprendentes «que es corta la vida de un hombre para mirar y gozar sus operaciones»…

[de A. Aracil, “El mundo en un armario: secretos, leyes y sorpresas”, en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vincencio Juan de Lastanosa; Mar Rey Bueno y Miguel López Pérez, coords;
 Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2011, pp. 113-128] [ver completo en pdf, con las refs. bibliográficas]
[ilustraciones: Museo de las medallas desconocidas españolas. Publícalo D. Vincencio Juan de Lastanosa…, Huesca, 1645 // Detalle del estanque y el laberinto de la casa de Lastanosa en Huesca (dibujo del siglo XVII, Biblioteca Nacional de España) // F. Buonanni, Musæum Kircherianum sive Musæum a P. Athanasio Kirchero…, Roma, 1709]

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2 comentarios
  1. Jesús Duce dijo:

    Me atrae Lastanosa y todo su entorno. Primero porque es de mi tierra, y segundo porque lo estudié hace años cuando edité a un poeta zaragozano del Barroco. Lastanosa pudo haber tenido cierta relación con este poeta, Vicente Sánchez, al igual que la tuvo con otros muchos poetas de academias y certámenes aragoneses, véase Uztarroz, Ana Abarca de Bolea o el conde de Guimerá, entre otros, además, por supuesto, de su amistad con Gracián, autor de un nivel superior.
    He aquí otro tema que me apasiona: los círculos literarios de extensión gongorina, con sus tertulias, obeliscos y palestras poéticas. Un mundo sugerente y hasta divertido que no está estudiado, bajo mi punto de vista, en toda su extensión. Eso sí: los trabajos de mi maestra Aurora Egido sobre el particular son de una erudición extraordinaria.

    • Algunos temas salen enlazados uno tras otro como las cerezas de un cesto. Yo había leído, cómo no, algunos trabajos de Aurora Egido y tuve la ocasión de conocerla precisamente en el Encuentro de 2007 sobre Lastanosa del que proceden estos textos del blog.

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