De banquetes extraordinarios (músicos y cocineros en grandiosos disparates)

«A un señor púsole un paje en la mesa un plato con una cabezuela de cabrito, sin sesos, que se los comió en el camino. Preguntó al paje: ¿Cómo está esta cabeza sin sesos? Respondió: Señor, era músico»[M. de Santa Cruz, Floresta española de apothegmas o sentencias…, Toledo, 1574]. Cuando encontramos juntos música y mantel en los relatos y costumbres del Renacimiento y el Barroco, el tono de este chiste recogido por Melchor de Santa Cruz en su Floresta española no es, afortunadamente, el predominante; muy al contrario, los convites, banquetes y festines culinarios eran habitualmente entonces escenario, compañía o protagonistas de interesantes creaciones musicales y de extraordinarios ingenios. Recíprocamente, los banquetes fueron también elegidos con frecuencia por los escritores como marco para sus tramas o sus juegos de imaginación.

[Para festejar las Navidades de 2002, José Luis Martínez Martín, siempre ingenioso y emprendedor, editó un libro, Los sentidos del placer, que definió muy generosamente como “una obra de amigos”, donde los que colaboramos en ella debíamos buscar puntos de encuentro entre música y gastronomía. Quiso que fuera “un gran encuentro en la amistad, una tertulia virtual, en la que, como debe ser, cada uno se expresa libremente y enfoca su visión del tema propuesto de forma libre y, por qué no, relativamente libertaria”.

A su convocatoria acudimos Jordi Abelló, Andoni Luis Aduriz, Sergi Arola, Rafael Banús, José Antonio Echenique, José Ramón Encinar, Iñaki Fresán, José Luis García del Busto, Paz Ivison, Arnoldo Lieberman, Luis López de Lamadrid, Alejandro Massó, Luis de Pablo, Asier Polo, Alberto Solueta, José Luis Tellez, Jorge Wagensberg, Susana Zapke y yo, que escribí este artículo sobre banquetes extraordinarios en el Renacimiento y Barroco del que aquí traigo unos fragmentos. Comida, escenografía y música eran los componentes destacados]

En Hypnerotomachia Poliphili, una de las más sofisticadas aventuras de finales del siglo XV, se detiene su autor en cada objeto, cada plato, cada sirviente, cada color, perfume y música de un exquisito banquete en el palacio de la reina Eleuterílida para describirnos su grandioso lujo. Se inició con un preparado medicinal, servido en mesa y vajilla de oro con mantel verde, y siguieron seis tablas más de manjares y un misterioso postre […].

Había además una pequeña orquesta de «siete muchachas músicas, con dignísimas y preciosas vestiduras ninfales, que a cada cambio de la mesa del banquete variaban sus melodías e instrumentos; y algunas de ellas cantaban suavemente con acentos como de sirenas y ángeles mientras se comía». Cada vez que el repostero retiraba un plato, la música instrumental comenzaba a sonar hasta que reaparecía con el siguiente, y «de este modo ordenado se oían continuamente gratísimos sones, se escuchaban encantadoras armonías, se aspiraban gratísimos aromas y se recibía gratísima saciedad al comer, y todas las cosas se convenían mutuamente para proporcionar un deleite al que nada faltaba» [Poliphili Hypnerotomachia…, Venecia, 1499].

Quizá no tan delicados como éste, pero en cierto modo más espectaculares son los convites que Tirso de Molina nos presenta en sus Cigarrales de Toledo: una sucesión de juegos, distracciones y festejos que ilustran con generosidad la vertiente más lúdica de la vida social de su época […]. [Pero] no sólo se dieron estos casos en la ficción; ni mucho menos. Los Banchetti de Cristoforo de Messisbugo [Ferrara, 1549] ya nos ofrecían, años antes, una colección de crónicas fieles de festines y banquetes en los que a la exuberancia de los manjares se unía el más lujoso artificio, con música, ingenio y escenografías fascinantes […].

De también lujosos banquetes estuvo jalonado el viaje del príncipe Felipe –futuro rey Felipe II– en 1549 a los Países Bajos y algunas importantes ciudades italianas, y ninguno con la espectacularidad y artificio del que en Binche preparó para él y su padre el Emperador la Reina María de Hungría en una «cámara encantada», al decir del cronista Calvete de Estrella: una estancia baja «muy bien adereçada de rica tapicería», cuya a techumbre «era como un natural cielo por una parte con nubes y vientos, que las soplaban, y por la otra lleno de estrellas»; bajo el cielo nublado había cuatro columnas de jaspe y, entre ellas, «encajada con gran arte en el suelo, una arca abierta, secreta y jaspeada», y de lo alto, junto a las columnas, colgaban de unas poleas unas cuerdas «tan sutilmente, que no se vían, ni se entendía el secreto dellas». Una vez todos acomodados, «súbitamente, se revolvió el cielo y començó a tronar y relampaguear tan naturalmente, que quitaba la vista, y granizaba muchos y muy buenos confites, y llovía aguas de azahar, de rosas y de preciosísimos olores, y con aquella tempestad y relámpagos y truenos vieron bajar una mesa del cielo (…), y la mesa pareció adornada de ricas telas, con muchos y diversos platos de porcelana, con todo género de conservas, de cuantas maneras imaginarse podían». Cuando éstas fueron «comidas y saqueadas por las damas», desapareció súbitamente la mesa y en un momento volvió a «turbarse el cielo con tan grandes truenos y relámpagos, que parecía cosa de encantamiento, y a llover y granizar convites como de primero, y con aquella tempestad bajó del cielo otra mesa, con muchos platos y taças de vidrio, llenos de todo género de confituras, suplicaciones de diversas colores y otras mil suertes de confecciones, todas blancas…»; también desapareció ésta y bajó una tercera, que además de otros platos traía «una peña de açúcar candi sutilísimamente labrada con cinco árboles de laurel en ella, que tenían las hojas doradas y plateadas, y llenos de frutas de açúcar y de banderillas con escudos de las armas de todos aquellos estados, hechas de seda de diversa color, y en el de en medio una ardilla, viva atada con una cadenilla de plata». Los vinos, excelentes y tan abundantes como se quiera imaginar, manaban como «lenguas coloradas» de cuatro cabezas de culebras con cuellos dorados y verdes y de una roca marina, cerca de la mesa, «con muchos ramos de coral, hierbas y flores por ella nacidas, y muchas lagartijas, galápagos, sierpes y otras cosas que naturalmente en peñas se crían» [J.C. Calvete de Estrella, El Felicissimo Viaje d’el muy Alto y muy Poderoso Príncipe Don Phelippe…, Amberes, 1552]. […].

Importantes artistas, hoy conocidos casi exclusivamente por sus cuadros, esculturas, sus escritos o su arquitectura, estaban frecuentemente a cargo del diseño y organización de este tipo de festejos. Pensemos en los ingenios de Leonardo para Ludovico el Moro en Milán o para Francisco I en París. Arcimboldo puso también su agudísimo ingenio al servicio de las fiestas y entretenimientos imperiales de Rodolfo II, diseñando máscaras y trajes para representaciones teatrales y esparcimientos de todo tipo. Buontalenti convirtió en fascinantes espectáculos de magia los festejos del Palazzo Pitti o Pratolino. Cosme Lotti, discípulo suyo, vino a España por su fama como fontanero y acabó organizando también brillantes fiestas y espectáculos teatrales para Felipe IV.

Es en estos festejos donde vemos frecuentemente manifestarse la complejidad cultural de la época en todas sus dimensiones. Un reino de lo efímero y lo excepcional, del artificio y muchas veces la extravagancia, donde músicos y cocineros jugaron un papel imprescindible.

[en A. Aracil, “De banquetes extraordinarios”, en Los sentidos del placer, ed. a.c. de J.L. Martínez Martín
Madrid, Ope, 2002, pp. 21-25] [ver completo en pdf]
[ilustraciones: Polifilo ante la reina Eleuterílida, en Poliphili Hypnerotomachia…, atrib. a Francesco Colonna, Venecia, por Aldo Manuzio, 1499 // Escena de cocina, en Cristoforo di Messisbugo, Banchetti, compositioni di vivande et apparecchio generale, Ferrara, por Giovanni de Buglhat & Antonio Hucher, 1549]

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