La ciudad cósmica vertical de I. Xenakis

«Xenakis, cuando está entre músicos habla de matemáticas y cuando está entre matemáticos habla de música»… La frase, cargada de ironía, la dijo un colega suyo en una distendida conversación entre clase y clase de los Cursos de Nueva Música de Darmstadt, en el verano de 1974. Yo estaba allí con una beca que había conseguido gracias al apoyo de Cristóbal Halffter y mantenía los ojos y los oídos abiertos a todo. Acaba de cumplir veinte años y los profesores principales ese año eran, nada menos, Stockhausen, Kagel, Ch. Wolf y el propio Xenakis.

Es bien sabido que Iannis Xenakis fue un visionario arquitecto, con doce años de colaboración en el estudio de Le Corbusier que culminarían en el Pabellón Philips de la Expo’58 en Bruselas, cuyos paraboloides son hermanos gemelos de algunos de los juegos de glissandi de su partitura de Metastasis (escrita unos años antes). Su clase en Darmstad sobre la forma de crear una sensación de torsión acústica con las líneas rectas de un glissando convencional fue reveladora para mí y una de las primeras enseñanzas que yo aproveché de aquel verano, estando como estaba entonces más al acecho de “formas de hacer” que de “formas de pensar”.

A Xenakis se deben, asimismo, varios espectáculos de síntesis de música y luz (Hibiki Hana Ma, en la Expo’70 de Osaka), música, luz y arquitectura (los Polytopes de Montreal –1967–, Cluny –1972–, París –1977–) y música, luz, arquitectura y paisaje (Persepolis, 1971), además de proyectos no realizados como la red de rayos láser  que, desde el Centro Pompidou, habrían de envolver las nubes y los puntos altos de París, o una singular propuesta urbanística: La Ville Cosmique.

El primer artículo que publique en mi vida, del que traigo aquí unos fragmentos, fue sobre esta Ciudad Cósmica, en abril de 1979. Lo acogió la revista Temas de Arquitectura y Urbanismo, a la que tuve acceso gracias a la fé en mí de Víctor Nieto Alcaide, que había sido profesor mío en el útimo curso de mis estudios de Hª del Arte en la Universidad Complutense, director de mi Memoria de Licenciatura (tesina, la llamábamos coloquialmente entonces) y amigo generoso en mis primeros pasos de licenciado.

Xenakis adopta de entrada una postura crítica ante lo que considera “bases axiomáticas” de la arquitectura y el urbanismo contemporáneos: el “mito de la descentralización” y el “mito del ortogonismo”, dos líneas de fuerza “bajo cuya tiranía se han creado a golpe de lápiz” ciudades-satélite, ciudades-dormitorio o ciudades especializadas, producto de una “arquitectura cúbica” para él absurda…

«Para Xenakis –escribía yo– la arquitectura tradicional no ha sido nunca una manifestación verdaderamente espacial sino algo esencialmente plano cuya tercera dimensión se adivina por “traslación paralela siguiendo la dirección de la plomada”… La Ciudad Cósmica, por el contrario adoptará la verticalidad como principal parámetro de desarrollo, consiguiendo de este modo una hiperconcentración humana […] en una altura que alcanzaría varios miles de metros (rebasando la zona de nubes más frecuentes para colocar la población “en contacto con las estrellas”) y una “independencia total respecto de la superficie del suelo y el paisaje” (que entrañaría la recuperación de vastas extensiones), desarrollando hasta unas consecuenias extremas el proyecto de Le Corbusier para la Ciudad Contemporánea de Tres Millones de Habitantes (1922), al tiempo que recoge una complacencia en la verticalidad y las grandes proporciones muy acariciada por expresionistas y futuristas, desde la Ciudad Nueva de Sant’Elia (Manifiesto de la Arquitectura Futurista, 1914) hasta la Stadtkrone de Bruno Taut (1919), pasando por la Torre de Babel de Josef Ponten (1918)…».

Pero la Ciudad Cósmica Vertical lleva la idea mucho más allá proponiendo una mezcla de sus habitantes total y calculada estocásticamente, por medio de la cual “el obrero y los jóvenes vivirán en el mismo sector que el ministro o el anciano”.

Para que la luz pudiera penetrar en todas partes y la vista de, y sobre, los espacios fuera directa, el espesor de la ciudad tenía que ser relativamente reducido: unos 50 metros…

«…Interior, pues, y exterior –vuelvo a mi texto– se funden, pero la Ciudad Vertical escapa al suelo (un conjunto de cinco millones de habitantes ocuparía sólo alrededor de ocho hectáreas de terreno, según sus propios cálculos), para convertise en un no–lugar (u–topia) del plano y poner a la población, como ya hemos visto, entre la Tierra y el Universo… “La era planetaria y cosmica ha comenzado –escribe Xenakis– y la ciudad deberá apuntar hacia el cosmos y sus colonias humanas, en lugar de seguir arrastrándose” […]. Así pues, una ciudad-máquina gigantesca a mitad de camino entre lo visionario de la casa-máquina de Sant’Elia y el funcionalismo de la de Le Corbusier, cuya forma y estructura serían las de una “cáscara vacía de doble pared en enrejado”, de superficies parabólicas, capacs de anular las fuerzas de flexión y torsión.
Una ciudad nacida de la crítica al doble mito de la descentralización y el ortogonismo, que, como profetiza su autor, “no temerá las devastaciones de la guerra ya que el desarme se conseguirá sobre la Tierra y los recursos y expansiones se buscarán en el espacio cósmico, con lo que los Estados actuales se transformarán en un estado gigante mundial”».

[A. Aracil, “Una utopía urbanística: la Ciudad Cósmica Vertical”, Temas de Arquitectura y Urbanismo, nº 226 
(Madrid, abril 1979)] [descargar pdf]

[Ilustración: La Ville Cosmique (perspectiva aérea), 1964. Tinta sobre Papel. Archives Iannis Xenakis, Bibliothèque Nationale de France, París. La misma imagen, con ligeros retoques en las ciudades convencionales a uno y otro lado del estuario y la misma firma y fecha (I.X. 22-I-64) se encuentra en la edición de la propuesta-ensayo en Iannis Xenakis, Musique-Architecture. Tournai, Casterman, 1976. Aquí el pie es “Grupo de ciudades cósmicas capaces de reemplazar ventajosamente el océano de aglomeraciones que se extienden desde Boston hasta Washington pasando por Nueva York con un total de 25 millones de habitantes”]

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