Carpentier, barroco y sonoro

Entre los grandes arranques de novelas en la literatura castellana se suelen citar el del Quijote, con las primeras pinceladas del protagonista –pues el retrato completo es toda la novela– y el de Cien años de soledad, con su flash-back inmediato cargado de dramatismo y ternura… Los dos me resultan admirables.

Qué finura la de Cervantes, tanto en la descripción [«lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco … , duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, … sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas…»] como en el pulso, primero con un octosílabo [«En un lugar de la Mancha…»] y a continuación un endecasílabo [«…de cuyo nombre no quiero acordarme»], sólo por mencionar el primer detalle que el lector, de no saber la frase ya de memoria, encontraría. Qué atrevimiento, por su parte, el de García Márquez: empezar diciendo “muchos años después…” sin haber escrito nada antes [«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo»], y qué poesía cuando, en la descripción de Macondo, la aldea que entonces apenas tenía veinte casas, desliza «El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo»; ¿se puede reflejar mejor la candidez y curiosidad de sus habitantes? ¿se puede jugar mejor con el lector?

Entre mis comienzos de novela favoritos se encuentra también el del Concierto barroco de Alejo Carpentier. No he leído a lo largo de mi vida tanto como quisiera pero no recuerdo un arranque con más sonido –ruidos y música– que el de esta narración, ni un cambio más certero de tempo –de allegro caribeño a adagio tropical– tras los puntos supensivos, cuando ralentiza el ritmo [“quedamente, acompasadamente”] y a las “platas” de las primeras líneas se van a unir ya las “erres” que preparan el “chorrrro cerrrtero, perrrcutiente…”, que suena como un trémolo de violín vivaldiano sólo con pronunciarlo.

[Además de sus novelas, relatos y cuentos, Alejo Carpentier publicó en 1946 La música en Cuba, un estudio todavía hoy vigente, y en 1980, el año de su muerte, Editorial Letras Cubanas editó en tres volúmenes, con el título Ese músico que llevo dentro, una impagable recopilación de sus escritos sobre música –y danza y teatro lírico– fechados a lo largo de más de medio siglo. Carpentier sabía muy bien sentir y hacer sentir la música. Con él, con este fragmento de su Concierto barroco, empiezo una serie indefinida e intermitente de notas para compartir lecturas que me han gustado especialmente o conmovido por algún motivo]

«De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los platos pescaderos con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas; de plata los saleros, de plata los cascanueces, de plata los cubiletes, de plata las cucharillas con adorno de iniciales… Y todo eso se iba llevando quedamente, acompasadamente, cuidando de que la plata no topara con la plata, hacia las sordas penumbras de cajas de madera, de huacales en espera, de cofres con fuertes cerrojos, bajo la vigilancia del Amo que, de bata, sólo hacia sonar la plata, de cuando en cuando, al orinar magistralmente, con chorro certero, abundoso y percurtiente, en una bacinilla de plata, cuyo fondo se ornaba de un malicioso ojo de plata, pronto cegado por una espuma que de tanto reflejar la plata acababa por parecer plateada…»

[A. Carpentier, Concierto barroco. México DF, Siglo XXI, 1974]

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