Fragmentos (6). Paraíso tronante…

Mudo parece el Paraíso Terrenal si nos atenemos a la descripción del Génesis: allí un manantial brota sólo para iniciar el riego, los pájaros, por el momento, son citados para que Adán les ponga nombre y el viento apenas se intuye ya al final, cuando Dios «se paseaba por el jardín tomando el fresco». Ni el rumor del manantial y los regatos, ni el canto de las aves, ni el murmullo de las hojas en los árboles que ese viento leve seguro provocaba, son mencionados en este primer huerto. Los placeres de la vista y el gusto son reconocidos desde el principio, cuando leemos que «el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer» y el del tacto levemente aludido, al mencionar el fresco del paseo que acabamos de citar. Nada de aromas y sonidos, dos protagonistas también de los goces del jardín.

Pensemos además que sólo la vista (y una referencia a la función alimenticia de los frutos de la tierra) es tenida en cuenta en las descripciones de la Creación. En la primera jornada «la tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla…», y Dios ordena: «Que exista la luz». Oscuridad y luz. No se dice nada del silencio y el sonido. Ni siquiera en la quinta jornada oímos el canto de los pájaros; aquí sólo vuelan. Al menos en el Salmo CIV, alabanza a Dios por todo lo creado, ya encontramos que junto a los ríos que fluyen entre los montes «…habitan las aves del cielo, y entre las frondas se oye su canto». Es el más notable ejemplo en el Antiguo Testamento de contemplación de la naturaleza.

No encontraremos referencias al sonido, ni mucho menos a la música, tampoco en las descripciones en el Corán del Paraíso Celestial: esos «jardines de ensueño» donde corren los ríos (de agua, de leche, de vino, de miel), hay sombras frondosas, tapices, toda clase de frutos y se vive eternamente con vírgenes hermosas de mirada recatada y donceles inmortales con bebidas refrescantes. De las aves nada sabemos sobre el canto; sólo que los bienaventurados tendrán allí «la carne de pájaros que deseen».

Jean de Mandeville, al referirse a las proximidades del Paraíso en la Tierra, nos introduce por fin en un mundo sonoro al describirnos lo que debía ser el estruendo de las aguas de los torrenciales ríos que en él nacían: «Mochos grandes señores y de gran esfuerzo han tentado de ir por aquel río [Eúfrates] la vía del paraíso con gran compaña; más jamás lo han podido acabar; antes murieron muchos por la gran fatiga y cansancio de remar y navegar contra las ondas de la agua; y muchos otros se tornaban flacos, y muchos sordos por el sonido de la agua (…) de forma que ningún hombre mortal pudo llegar al paraíso si no fuese por especial gracia de Dios».

Cristóbal Colón, sin embargo, creyó haber estado muy cerca cuando en el golfo de Paria se encontró ante el fuerte caudal de las dos bocas del Orinoco, bautizadas como Boca de la Serpiente y Boca del Dragón. Probablemente Colón es el último hombre en la Historia convencido de haber estado “realmente” en las proximidades del Paraíso.

[de A. Aracil, “Sonidos y sentido del jardín”, en Música y jardines, Granada, Archivo Manuel de Falla, 2003]

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