Fragmentos (3). Nuevos rastros, nuevos límites…

La musicología, como la creación musical, ha experimentado cambios notables en el último medio siglo, y ha cuestionado, como también ha hecho la Historia, el objeto de su estudio o el enfoque que tradicionalmente se ha dado a éste. Algunos debates vienen ya de lejos, pero han surgido otros nuevos y nuevos matices o puntos de vista en planteamientos de siempre.

Para algunos investigadores, el objeto principal de la musicología deberían ser los músicos (compositores, intérpretes) y para otros, la música… y, entre estos últimos, quienes tratan la música primordialmente como una creación estética, interesante por sí y en sí misma, y quienes la consideran por encima de todo una expresión social, condicionada y condicionante también de muchos otros aspectos de nuestras actividades y situación.

También quienes creen posible e imprescindible una objetividad científica en sus estudios y quienes (aquí puede estar el germen de cambios recientes muy notables) desconfían de alcanzarla y ofrecerla, incluso quienes desconfían de que esa realidad objetiva pueda existir […]

En la Creación Musical reciente (o, mejor dicho, entre los creadores musicales, recientemente) se han producido también cambios notables tras la proliferación durante el pasado siglo, hasta la década de los sesenta, de grupos y fórmulas poéticas de muy diverso tipo con una actitud generalmente desconfiada e incluso excluyente de todo aquello no sujeto al canon (ético, estético o técnico) adoptado o proclamado por cada tendencia. Siempre ha habido quienes, ante una norma caprichosa o una convención, decidían dar un paso más allá de lo establecido y cruzar límites, pero normalmente no pasaban de ser actitudes singulares, a veces consideradas excéntricas. Ahora, sin embargo, vivimos un periodo en el que proliferan planteamientos muy diversos y más moldeables y tolerantes.

Si no hace mucho la objetividad era un valor primordial que se buscaba y se exigía en la obra de arte, el panorama ha cambiado en las últimas décadas, y pensemos que esta búsqueda de lo esencial, de lo auténtico, no sólo se daba en el ámbito de la creación sino también en el de la interpretación y en el de la musicología; así, mientras algunos compositores sistematizaban el uso del azar (lo, quizá, más real y sencillamente objetivo al alcance de la mano) o discurrían nuevos procedimientos de organización formal a partir de leyes o premisas provenientes del campo de la física o las matemáticas (leyes con la supuesta virtud de dar un tinte objetivo y científico a todo lo que tocasen, por pueril que fuera su empleo en muchos de los casos), al mismo tiempo, por ejemplo y ciñéndonos sólo a nuestro ámbito, un grupo de intérpretes y musicólogos sentaban las bases de las nuevas tendencias en la interpretación de la Música Antigua, a partir de criterios de historicismo y, por tanto, teóricamente al menos, de búsqueda de lo auténtico.

Se trataba esta búsqueda de lo objetivo, de la autenticidad, no de un capricho más menos extendido o de una tendencia concreta sino, probablemente, de toda una sensibilidad de época, que en la actualidad ha cambiado, quizá no tan explosivamente en la musicología como en el campo de la creación, pero que incluso en ella, en el menor de los casos, se ha matizado.

De la fe, propia de la tradición humanística, en una verdad única o en la fórmula canónica (tonalidad, serialismo, aleatoriedad, etc.) que las nuevas academias y algunas vanguardias trataban de imponer, hemos llegado a preguntarnos si debemos dar tanta validez a los planteamientos universalistas y permanentes; si no deberíamos interesarnos más (o, al menos, tanto) por lo local, lo circunstancial y lo variable de la música y de la actividad musical.

El interés, según algunos, no debería centrarse ahora en seguir incrementando nuestros conocimientos sobre la música y los músicos, sino en explorar y estudiar más a fondo la experiencia de su interpretación y percepción. El foco se ha dirigido últimamente en determinados estudios hacia la versión del intérprete y la percepción del oyente: algo, ciertamente, imposible de objetivar o de generalizar, siempre relativo y hasta, en ocasiones, contradictorio.

El papel del intérprete y de la interpretación empieza a ser observado por inquietos estudiosos como algo tan determinante del significado de una obra musical como la propia partitura y, más allá, se utilizan métodos psicoanalíticos para explicar e incorporar la percepción de los oyentes, especialmente cuando ésta difiere de las intenciones del compositor. Estamos ante horizontes mucho más amplios y atrevidos de lo que muchos hubieran imaginado hace unas décadas.

[de A. Aracil, “Descubrir nuevos límites”, en Musicología y Música contemporánea (actas del encuentro). Madrid, SEdeM, 2003]

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